Una opinión, por sí sola, vale muy poco. Puede ser una preferencia, una intuición, un reflejo tribal, una lealtad sentimental o un prejuicio elegantemente vestido. Lo intelectualmente serio empieza cuando uno da razones: cuando muestra de qué premisas parte, qué inferencia hace y por qué cree que esas premisas son más plausibles que sus alternativas. En ese sentido, no es lo mismo tener opiniones que estar en condiciones de responder por ellas, de dar cuenta y razón de ellas.
La lógica informal contemporánea define un buen argumento, grosso modo, por tres condiciones: aceptabilidad, relevancia y suficiencia. Las premisas deben ser aceptables o bien fundadas; las premisas deben ser relevantes para la conclusión; y las premisas deben ser suficientes para justificar la conclusión. Además, conviene distinguir dos planos: uno es la validez o fuerza inferencial, es decir, la validez formal; otro, la verdad o solidez material de las premisas. Un argumento deductivo válido con premisas falsas puede ser impecable en forma y pésimo en sustancia; uno inductivo puede no garantizar la conclusión, pero sí volverla razonable o probable.
Un razonamiento persuasivo no es solo el que “suena bien”, sino el que cumple varias exigencias a la vez. Primero, claridad: que se entienda qué se está afirmando. Segundo, estructura: que se vea de dónde sale la conclusión. Tercero, verdad o plausibilidad de las premisas. Cuarto, proporción: no sacar una conclusión gigantesca de datos minúsculos. Quinto, resistencia a objeciones: un buen argumento no solo avanza; también soporta contraejemplos, matices y preguntas hostiles. Y sexto, ajuste al campo: en ciencia pediremos evidencia empírica; en ética y estética, donde la prueba experimental no decide por sí sola, pediremos coherencia, distinciones finas, comparación de casos, explicitación de valores y ausencia de contradicciones.
Muchas personas no cambian de opinión porque creen que están defendiendo una tesis, cuando en realidad están defendiendo un mundo. Y, sin embargo, el propio punto de vista del lógico y filósofo Quine enseña algo saludable: si toda creencia está inserta en una red, entramado o malla, entonces ninguna debería ser sagrada por principio. Algunas serán más centrales, sí; pero todas deben estar, en última instancia, abiertas a revisión si la evidencia acumulada lo exige.
Las opiniones no son el punto de llegada del pensamiento, sino apenas su borrador inicial. Lo serio empieza cuando sometemos ese borrador a cuatro pruebas: lógica, evidencia, objeción y revisión.
Un buen argumento, entonces, será el que:
1. parte de premisas claras y defendibles;
2. enlaza esas premisas con la conclusión mediante una inferencia limpia;
3. usa evidencia proporcionada al tipo de asunto;
4. distingue certeza, probabilidad y mera conjetura;
5. no incurre en falacias ni trampas retóricas;
6. y, sobre todo, acepta las condiciones de su propia refutación.
Esa última quizá sea la más noble: solo razona de verdad quien sabe qué hechos o qué argumentos le obligarían a rectificar
