Charles 81

Sobre expulsar socialmente al disidente, recordemos otra vez a Tocqueville: «En los Estados democráticos la mayoría posee un poder inmenso, y cuando ha formado una opinión no queda casi nadie que pueda resistirla. La mayoría traza un círculo formidable alrededor del pensamiento. Dentro de esos límites el escritor es libre; pero ¡ay de él si osa salir! No tiene que temer un auto de fe, pero está expuesto a disgustos de toda clase y a persecuciones de todos los días. La carrera política se le cierra; ha ofendido al único poder que puede abrirla. Todo le es negado, incluso la gloria. Antes de publicar sus opiniones creía tener partidarios; ahora le parece que ya no tiene ninguno, pues los que lo censuran se expresan en voz alta y los que piensan como él callan o se apartan. Se somete, se inclina al fin bajo el peso de la opinión pública».

Friedrich Hayek analizó cómo los regímenes ideológicos necesitan identificar enemigos para movilizar a las masas. En «The Road to Serfdom» escribe: «Es más fácil que la gente esté de acuerdo en un programa negativo —en el odio a un enemigo común— que en una tarea positiva. La propaganda que logra despertar la hostilidad contra un grupo o una persona determinada suele tener más éxito que la que intenta suscitar un entusiasmo constructivo.»

Y añade: «Para mantener cohesionada a una sociedad sometida a una dirección centralizada, es casi indispensable crear la figura de un enemigo. El odio hacia un enemigo común se convierte en uno de los instrumentos más eficaces para obtener la unanimidad.» Las ideologías necesitan “poner cara al enemigo”.

El odio político es una fuerza poderosa porque ofrece al individuo frustrado una explicación sencilla de sus fracasos. En lugar de examinar sus propios errores o las complejidades del mundo, puede atribuir sus desgracias a la maldad de un enemigo designado.

Un autor que dialoga directamente con esta visión oposicionista es Carl Schmitt. En «The Concept of the Political» escribió: «La distinción específica de lo político es la distinción entre amigo y enemigo. El enemigo político no necesita ser moralmente malo ni estéticamente feo; basta con que sea el otro, el extraño, con quien existe una oposición de carácter existencial».

En resumen, Tocqueville ya advirtió que las democracias modernas no necesitan cadenas para imponer conformidad: les basta con el ostracismo moral. Hayek observó que las masas se cohesionan más fácilmente en el odio a un enemigo común que en un proyecto positivo. Y Schmitt llegó a definir lo político como la distinción entre amigo y enemigo. Visto desde esta tradición intelectual, el fenómeno que describe el artículo de De Prada no sería una anomalía de nuestro tiempo, sino una constante de la política moderna: la tendencia a organizar la vida pública alrededor de antagonismos morales que movilizan a las masas y simplifican el mundo en bandos irreconciliables.

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