Charles 82

A Jordi Llovet, maestro mágico

No es mi paranoia personal, sino un diagnóstico recurrente de la modernidad tardía: la alta cultura está siendo orillada de la presencia y relevancia del discurso público.

Parece que solo interesen los affaires de esa actriz de piel alabastrina y lunares estratégicamente dispuestos, con un multimillonario -tirando a muy hortera-, con un multimillonario que se hincha a meter goles. Parece que el «pastichant» lleno de absurdos prosaísmos de invertebradas celebrities prime clamorosamente más que los violines y el álgebra lineal. La música ya no tiembla en los salones como llamas azules. El aire no se llena de un perfume de rosas marchitas y de recuerdos.

Con Händel y Verdi, con Proust y sus pares, se otorgan a nuestras horas una especie de delicada irrealidad. Se abren las puertas secretas del sentimiento. Tiembla la luz y se disuelven los cristales suspendidos en el aire. La gran música tiene una función moral, humanista y civilizadora. Addison: «La música posee encantos capaces de calmar el pecho más salvaje, de ablandar las rocas o de inclinar un roble retorcido. Dispone el espíritu a la dulzura y a la humanidad, y contiene algo que eleva nuestros pensamientos por encima del curso ordinario de la vida».

Ese reguetón es un pánico sensual, una retahíla de vicios en los oídos. Se dirige a las vísceras y al esfínter. Ejerce sobre la mente un poder de laminación.

La cultura profunda siempre fue cosa de minorías exigentes. Pero hay algo nuevo. La distancia entre cultura alta y cultura dominante se ha ensanchado muchísimo. Allan Bloom escribió: «La música rock ha reemplazado a la tradición musical clásica en la educación sentimental de los jóvenes. El resultado es una vida emocional empobrecida, incapaz de comprender las pasiones humanas tal como fueron exploradas por la gran literatura».

Las grandes obras de arte y pensamiento ocupan hoy un territorio cada vez más reducido dentro de la vida pública. La conversación cultural se ha desplazado hacia lo efímero. La cultura elevada se ha convertido en una actividad marginal, practicada por minorías cada vez más pequeñas. La sociedad de masas no quiere cultura, quiere entretenimiento.

Como me dijo mi maestro Álvarez, ahora lo importante es que la cultura -catatónica en el ágora- no muera en nosotros. Debo seguir, pese a la melancolía, con Bach, Dante y Gödel. Sus caricias flotan en mis sueños delicados. Flotar en la marea de la pura sensación que sucede al pensamiento. Desechar lo trivial y ordinario, y centrarme en el juego de la luna en el agua. Olvidar el ruido y la prisa del mundo, y sentir cómo una calma satisfacción se desliza insensiblemente cerca del corazón.

La solidez de la imaginación de Dante, los arabescos voluptuosos de Proust, el aire de gaviota coloreada de Nabokov, la precisión de Pla, la guarida de chacales de Céline, el mármol mitológico de Ovidio, Flaubert y Cunqueiro… Pocas cosas más deseo en esta vida.

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