Charles 83

Desde Aristóteles hasta los psicólogos contemporáneos se ha reflexionado sobre esa relación entre sensibilidad creadora y vulnerabilidad emocional.

Marcel Proust, que prácticamente convirtió la hipersensibilidad en el motor de su obra, nos señaló: “El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en tener nuevos ojos”. La literatura nace precisamente de esa mirada distinta.

La mente de un escritor gira e influye sobre sí misma. El gran moralista inglés Samuel Johnson lo expresó con una frase muy conocida: “La mente que se abandona a sí misma se convierte en su propio tormento”.

Además escribir significa abrirse a un exceso de verdad (Kafka)

Pero muchos grandes escritores fueron psicológicamente bastante estables. Johann Wolfgang von Goethe cultivó deliberadamente el equilibrio interior. Jane Austen llevó una vida tranquila y socialmente integrada. Jorge Luis Borges tenía un temperamento más contemplativo que tormentoso. Esto demuestra que la inestabilidad no es condición del talento.

Pessoa expresó mejor que nadie la sensación de vivir simultáneamente dentro y fuera de la vida: “Nunca fui otra cosa que un espectador de mí mismo. Vivo como si estuviera en un teatro, contemplando la escena de mi propia existencia. Todo me interesa y nada me pertenece. Siento demasiado para poder vivir con simplicidad. Cada emoción se multiplica en reflexiones, cada pensamiento se divide en otros pensamientos, y la vida se vuelve una especie de laberinto interior. Escribir es la manera que tengo de soportarme. Transformo en palabras aquello que de otro modo sería solamente angustia. Quizá los escritores no sean más sensibles que los demás hombres; pero están condenados a observar su sensibilidad sin descanso”.

Soportar la propia conciencia no es tarea fácil. Quien escribe no puede evitar examinar cada instante de su vida, como si fuese un material destinado a un libro futuro. Muchos escritores observan demasiado, piensan demasiado, analizan demasiado. Mientras los demás viven de manera espontánea, él se ve obligado a interrogar cada emoción y cada pensamiento. Esa lucidez permanente es un privilegio, pero también una desgracia. Percibe vibraciones que otros apenas advierten.

La psiquiatra Kay Redfield Jamison, especialista en trastorno bipolar, escribió el libro clásico «Touched with Fire». En él sostiene: “Durante siglos los poetas y artistas han descrito estados de exaltación emocional extraordinaria, seguidos por períodos de profunda melancolía. Estas oscilaciones del ánimo, cuando aparecen en forma moderada, pueden estimular la imaginación, la energía creativa y la capacidad de establecer conexiones originales. La intensidad emocional que caracteriza a muchos artistas puede amplificar tanto el placer estético como el sufrimiento psicológico. La misma mente que percibe la belleza con extraordinaria profundidad también puede experimentar el dolor con igual intensidad.”

Yo soy a la vez disciplinado y espontáneo, introvertido y algo sociable, sensible y resistente. Esta complejidad psicológica me produce tensiones internas. Vivo con una intensidad emocional elevada y con una mente constantemente activa, lo que a veces se traduce en períodos de inquietud o melancolía extrema.

La creatividad no surge de la tranquilidad absoluta, sino de la tensión entre lo que somos y lo que podríamos ser.

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