Charles 90

Conecta mucho con mis intuiciones el elitismo de Steiner como defensa contra la barbarie: «La alta cultura siempre ha sido el trabajo de minorías. No es un fenómeno democrático en el sentido estadístico. Pero su función es preservar y transmitir aquello que la civilización ha logrado contra la presión constante de la barbarie».

En mi decalogía adopto un tono aristocrático o provocador (mero tropo o disposición retórica), no porque crea literalmente en una aristocracia social, sino porque quiero sacudir la nefasta complacencia cultural, o defender la cultura frente a la trivialización. Algo parecido ocurre en Nietzsche, Ortega, Steiner, incluso Borges. Se limitan a una pose polémica que busca defender el valor del pensamiento.

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¿Qué dirían grandes escritores o intelectuales ante entretenimientos tan irracionales como realities, tertulias o concursos de nuestra televisión actual? Invento unas respuestas verosímiles:

Johnson probablemente diría algo así: «La mente humana se degrada cuando se acostumbra a entretenimientos que no exigen esfuerzo alguno. El hombre que se alimenta únicamente de diversiones triviales pierde gradualmente la capacidad de pensamiento».

Probablemente Mark Twain se burlaría de la solemnidad con que se discuten banalidades televisivas. Tocqueville ya anticipó la respuesta en su análisis de la democracia: «Las sociedades democráticas tienen una inclinación natural hacia los placeres fáciles y las distracciones rápidas». Pope satirizaría la mediocridad cultural.

Woolf argüiría que debemos proteger la vida interior frente al bullicio. Carnap se desencantaría e irritaría ante la nula precisión conceptual. Quine sospecharía del lenguaje inflado. Gödel probablemente diría: si un sistema está hecho de entretenimiento y ruido, eso demuestra menos sobre el mundo que sobre los límites de nuestro pensamiento.

Leibniz, ante ese hipertrofiado entretenimiento trivial, probablemente no reaccionaría con desprecio moral, pero sí con cierta perplejidad racional. Vería en él una pérdida de energía intelectual que podría dedicarse a la investigación, al aprendizaje o a la mejora del conocimiento humano. No le gustaría la energía intelectual desperdiciada.

George Eliot probablemente vería la televisión superficial como un síntoma de vidas dispersas, pero no adoptaría un tono de desprecio elitista. Su mirada sería más compasiva y sociológica: trataría de comprender qué necesidades emocionales o sociales satisface ese entretenimiento.

T.S. Eliot pensaría que la cultura superior siempre depende de minorías dedicadas al pensamiento, al arte y al estudio. Ante la cultura televisiva probablemente hablaría de dispersión cultural: demasiada atención dedicada a lo efímero y demasiado poca a lo permanente. Lamentaría la erosión de la alta cultura.

El matemático Paul Erdős, estoy convencido de ello, juzgaría la televisión de una manera muy simple: una absoluta pérdida de tiempo. Volvería a pensar en los números y la ignoraría por completo.

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