Muchísimos escritores —especialmente los que vivimos lejos de grandes centros culturales— hemos sentido exactamente una sed de conversación elevada y el cansancio ante la banalidad cotidiana. Contrasta mi hambre interior de ideas y conocimiento frente al entorno social dominado por trivialidades. Samuel Johnson lo observó con crudeza: el hombre que desea conversación inteligente a menudo se encuentra rodeado de personas que solo quieren hablar de lo inmediato.
La mayor desgracia del hombre que piensa es verse condenado a vivir entre personas que no piensan. Mi necesidad de conversación superior queda insatisfecha, y debe resignarse a una soledad espiritual incluso cuando se encuentra entre multitudes. La mayoría oye palabras, pero no escucha ideas ¡Qué íntima necesidad tengo de hablar de arte, de ciencia, de filosofía, de estilo, de libros! A veces siento que me aplasto entre graves mediocridades.
Samuel Johnson vivía prácticamente para la conversación. Boswell lo describe pasando horas en tertulias.
“There is no pleasure like that of conversation with a man of cultivated mind. Books may delight us in solitude, but conversation gives life to knowledge and warmth to the understanding”, “No hay placer comparable al de conversar con un hombre de mente cultivada. Los libros pueden deleitarnos en soledad, pero la conversación da vida al conocimiento y calor al entendimiento».
Sin duda las horas más felices de la vida son aquellas que se pasan conversando entre amigos que aman la literatura y la investigación. Yo aquí en el pueblo no puedo disfrutar ni celebrar mentes despejadas, despiertas y vivas. Brilla por su ausencia un elegante intercambio de ideas. Todo es como sin gusto, brutal y rústico.
Steiner insistió en que la civilización europea se construyó sobre la conversación intelectual.
«La conversación cultivada ha sido una de las formas más altas de la vida del espíritu en Europa. En los cafés, en los salones, en las universidades, los hombres han discutido libros, música, filosofía, historia. Esa conversación fue uno de los motores secretos de nuestra civilización».
Cómo añoro una buena discusión entre escritores que se parezca a una partida de ajedrez: cada observación anticipando la siguiente, cada movimiento abriendo nuevas posibilidades. O la mente saltando de un tema a otro, tocando el arte, la literatura, la memoria y la experiencia con una libertad imposible en el discurso formal o académico. Movimiento de olas que se siguen, se encabalgan, se superponen, regresan y avanzan de nuevo.
La conversación de provincias posee una monotonía casi matemática. Se habla de las mismas personas, de los mismos acontecimientos insignificantes, y las mismas opiniones reaparecen como si fueran nuevas. Se habla siempre de lo mismo: de quién ha comprado una vaca, de quién se ha peleado con quién, de quién ha dicho tal o cual cosa. La conversación tiene un aire circular; da vueltas y vueltas alrededor de las mismas historias.
