En la Universidad fui, en líneas generales, un feliz pura sangre intelectual. La Universidad no debe ser un simple lugar de enseñanza profesional. Es un lugar donde las mentes jóvenes se encuentran, se rozan y se encienden unas a otras. Yo lo viví esencialmente en soledad, pero el resultado fue fértil, fructífero. Leía a los clásicos y a los raros y herejes por mi cuenta, asistía a clases de matemáticas como oyente por curiosidad, conocí el amor (el único amor que ha existido en mi vida), iba al cine de vanguardia, disfrutaba de teatros y museos, paseaba cual flâneur por Barcelona la hermosa.
Me gustaba instalarme en la biblioteca de la Facultad durante horas, con una mesa entera ocupada por libros abiertos. El silencio tenía una cualidad especial, como si el aire mismo estuviera hecho de páginas. Al levantar la vista de la lectura veía las altas ventanas, el polvo flotando en la luz, y sentía que mi vida estaba hecha de eso: libros, silencio y la felicidad de la mente trabajando. Soy un estudiante eterno.
Cada libro abría un mundo. Cada conversación o pensamiento parecía una revelación. Cuando uno es joven y estudia, el pensamiento tiene la rapidez de un río recién nacido. Y qué extraordinario es estar vivo con veinte años en una mañana de verano. El aire parece lleno de luz; los árboles se mueven suavemente; y uno siente, de repente, que el simple hecho de caminar, de respirar, de mirar el cielo, es ya una forma completa de dicha.
El Patio de Letras de la U.B. en otoño tenía, bien de mañana, un silencio particular. Las hojas caían sobre la hierba de los cuadrángulos y los estudiantes atravesaban los arcos con libros bajo el brazo. A veces pienso que el verdadero aprendizaje no ocurría en las clases, sino en las largas lecturas nocturnas sobre poesía, filosofía y lógica.
Barcelona era un gran estímulo intelectual. Había librerías, cafés, discusiones interminables. Uno podía pasar la mañana en la universidad y la tarde leyendo en una biblioteca o paseando por el barrio antiguo. Es una ciudad que educa sin proponérselo. El estudiante que camina por sus calles acaba aprendiendo más de lo que le enseñan las aulas. La piedra gótica, los cafés llenos de conversaciones y las librerías de viejo forman una universidad paralela.
Las clases eran útiles, pero lo que realmente me educaba era la lectura solitaria. Fue un período luminoso de libertad. Cuando llegué a la U.B. sentí que entraba en un mundo nuevo. Durante los primeros meses mi mente estaba en constante excitación intelectual. Las matemáticas me parecían un paisaje puro, casi sobrenatural. No era tanto lo que aprendíamos en clase como el hecho de vivir rodeados de libros, profesores y estudiantes dedicados al pensamiento.
Fue hermoso vivir, amar a una mujer y creer que la cultura era la fuerza más poderosa de la existencia.
