Mientras tomaba una naranja y un yogur de resopón, encendí la tele y vi cinco minutos el programa «Supervivientes». La sensación de vulgaridad estética me laceró la piel. La telebasura se caracteriza por no escatimar en el morbo, el escándalo y el sensacionalismo como estrategias para atraer audiencia. Se define tanto por los temas amorales y triviales que aborda como por los personajes que exhibe y, sobre todo, por la forma distorsionada (la hez del espectáculo) en que trata esos temas y personajes.
Programas que se alimentan del conflicto, del escándalo o del sufrimiento. Parece ser que no se agota la telebasura. La programación se alimenta cada vez más de la morbosidad y de la exposición de la miseria humana como una fórmula feliz de exhibición en la pantalla.
En España podemos considerarnos líderes mundiales en telebasura. Las cadenas muestran un desprecio absoluto por el gusto o la decencia, explotando el escándalo, la violencia, el sexo y el espectáculo del conflicto. Este tipo de televisión me resulta intelectualmente asfixiante.
Yo estoy acostumbrado a ideas complejas, a un lenguaje elaborado, a la profundidad psicológica. Cuando me enfrento a gritos, polémicas y banalidad siento un estupor, rechazo y aburrimiento visceral casi automático.
Neil Postman: “La televisión ha hecho del entretenimiento el formato natural de toda experiencia pública. La política, la religión, la educación y el periodismo han sido reorganizados para adaptarse a las exigencias del espectáculo televisivo. En la televisión, el contenido serio debe transformarse en entretenimiento o desaparecer. El resultado es que una cultura que alguna vez se expresó mediante argumentos ahora se expresa mediante imágenes rápidas y emociones momentáneas. Lo que está en juego no es que la televisión nos proporcione entretenimiento, sino que convierta toda la cultura en entretenimiento”.
La pelea, la humillación, la vida privada expuesta como mercancía son ahora el combustible habitual de muchos programas. No se trata solo de mal gusto; se trata de un modelo industrial que considera la vulgaridad un recurso legítimo para atraer audiencia.
Gran parte de la televisión contemporánea está diseñada como una máquina de producir indignación o morbo. Los productores saben perfectamente que el conflicto, la humillación o el escándalo generan conversación. Así que se fabrican situaciones en las que las personas se enfrentan, se insultan o se exponen públicamente, porque ese espectáculo mantiene al público mirando. Una historia basada en el conflicto, la vergüenza o la humillación circula mucho más rápido que una historia basada en la reflexión. Además, el individuo famoso es aquel que aparece más veces en los medios, no necesariamente quien tiene algo importante que decir.
Auden: “El entretenimiento es necesario, pero cuando toda la vida cultural se organiza alrededor de él, el resultado es una sociedad que ha olvidado el valor de la reflexión y de la contemplación”.
