Charles 114

No vivimos solo entre ideas malas, sino dentro de un régimen de atención degradado —scroll, impacto, tuit, grito, espectáculo— que dificulta la contemplación, el argumento, la reflexión y la lectura lenta.

Cuando San Jerónimo contempla el desmoronamiento del Imperio, no habla como un historiador frío, sino como un hombre que siente que el mundo conocido se deshace. En una carta célebre lamenta que durante décadas “los bárbaros” hayan combatido “en el corazón del Imperio Romano”, y añade que el hábito del desastre había secado incluso las lágrimas. Llega un momento en que la decadencia se vuelve costumbre y ya ni el espanto espanta.

Salviano de Marsella es aún más áspero. Viendo la corrupción romana frente a ciertos rasgos de disciplina de los pueblos invasores, llega a preguntar: ¿qué esperanza queda cuando los bárbaros resultan más castos que los romanos? Su tesis no es sentimental: Roma cae también por su propia podredumbre moral. Una civilización puede vaciarse por dentro antes de ser vencida por fuera.

En vísperas de la catástrofe europea, Huizinga habló explícitamente de “crisis” y denunció formas de infantilización colectiva, ritualismo político y eslóganes de masa. Estudios sobre «In the Shadow of Tomorrow» resumen su preocupación por los paralelos entre “panem et circenses” y la política moderna, así como por un “puerilismo” nacional que sustituye madurez civil por excitación de masa. Nuestra edad está tecnificada, pero es espiritualmente regresiva.

Maryanne Wolf, desde la neurociencia de la lectura, advierte que la dependencia creciente de medios digitales pone en juego capacidades como el pensamiento crítico, la empatía y la reflexión. No usa el vocabulario épico de “barbarie”, pero su diagnóstico es serio: si cambia el modo de leer, cambia también el tipo de mente que una cultura favorece. Es una forma sobria, científica, nada retórica, de decir que la Ilustración puede desfondarse por vía atencional.

No vivimos solo en una época vulgar; vivimos en una época en la que el propio medio favorece la vulgarización. La televisión convirtió lo público en espectáculo; las redes han convertido además lo privado en mercancía de sí. No es el fin de la inteligencia, pero sí su descentramiento. La conversación larga sobrevive; el libro serio sobrevive; la vida contemplativa sobrevive. Pero sobreviven como en un monasterio, no en un lugar público.

“El mayor mal en el mundo no es cometido por monstruos demoníacos, sino por hombres ordinarios que se niegan a pensar”, Hannah Arendt.

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