Mencken fue brutalmente lúcido sobre la democracia de masas: “El objetivo de la política práctica es mantener a la población alarmada (y por tanto clamando ser salvada) amenazándola con una interminable serie de fantasmas, la mayoría de ellos imaginarios”.
Un buen político es tan impensable como un ladrón honrado. Despreciemos (si se me permite el abuso del verbo) al ecosistema entero —masa, prensa, demagogia, políticos.
Notemos la seducción de la demogresca (como la llamaba Castellani). Huxley: “La dictadura perfecta tendrá la apariencia de democracia, una prisión sin muros en la que los prisioneros ni siquiera soñarán con escapar”. El político moderno no reprime, se limita a administrar placer, distracción y conformismo. Aumentan las libertades sexuales tanto como disminuyen las libertades políticas.
Nuestra democracia carece de calidades intelectuales, factor, a mi juicio, casi más importante que los procedimientos. Pues la democracia no consiste en que el pueblo tenga siempre razón, sino en que tenga el derecho de equivocarse sin pagar por ello un precio grave e irreparable. Un derecho -a equivocarse- que no se olvide que presupone una opinión pública formada, no manipulada; informada, no deformada. Cuando la opinión pública deja de ser autónoma y pasa a ser fabricada, la democracia se vacía desde dentro.
El público se informa de política a través del teatro simplificado de la televisión. El problema no es que la televisión informe mal, sino que sustituye la comprensión por la mera y chata percepción. La imagen emociona, pero no explica ni razona ni argumenta. Y una ciudadanía que reacciona solo a las imágenes atravesadas por eslóganes es fácilmente manipulable por quien controla el medio.
¿Qué nos ocurre? Una democracia sin ciudadanos competentes degenerando en una democracia de masas, donde la participación se reduce a reacciones inmediatas, emocionales y desinformadas. En ese contexto, el político deja de ser un gobernante racional y se convierte en un showman.
El lenguaje político tiende a vaciarse de contenido preciso. Palabras como ‘libertad’, ‘justicia’ o ‘pueblo’ se utilizan como contenedores que permiten múltiples interpretaciones, lo que facilita el consenso superficial, pero empobrece el pensamiento.
La democracia es un sistema político que nunca garantiza las capacidades cognitivas que debieran tener sus votantes.
