Un fagot, empujado hacia un registro antinatural, casi imposible, emite un sonido que no parece humano. No canta: jadea, como si una voz antigua —prelingüística— tratara de emerger desde el fondo de la tierra. No hay aquí pastoral ni idilio: el paisaje sonoro es ya inquietante, desplazado, como si la naturaleza misma estuviera mal afinada. Poco a poco, otros instrumentos entran, pero no construyen armonía: se superponen como capas de tierra removida. Cada línea parece ignorar a las otras. No hay unidad clásica, sino coexistencia de impulsos. Es primavera, sí —pero no la primavera lírica de los románticos—, sino una primavera biológica, ciega, eruptiva. La vida no florece: irrumpe.
Los acentos caen donde no deberían. Las frases se rompen. Las repeticiones no tranquilizan: obsesionan. El famoso acorde repetido —brutal, martilleante— no evoluciona: insiste, como una orden. No hay desarrollo temático en sentido clásico; hay bloques de energía que se lanzan unos contra otros. Ritmos primitivos de percusión de terremoto. un solemne rito pagano: sabios ancianos sentados en círculo, observando a una joven que danza hasta morir. La barbarie organizada convertida en estilo.
Mi cerebro.
