El emotivismo es la sustitución del pensamiento lógico, el juicio moral objetivo y la responsabilidad individual por la exhibición pública de la emoción y el victimismo.
El sentimentalismo, que es la ostentación de la emoción sin el compromiso de la razón o la acción destructiva que suele acompañarla, se ha convertido en nuestra religión secular. La insistencia en que los sentimientos son el árbitro supremo del bien y del mal, y que la intensidad de la emoción de uno es la medida de su virtud, destruye la capacidad de pensar con claridad. Cuando el sentimiento sustituye al pensamiento, la indignación ruidosa sustituye a la rectitud moral. Uno ya no necesita hacer el bien; basta con sentirse herido por el mal para considerarse una buena persona.
La peste emotivista exige que la esfera pública se convierta en un teatro de la compasión exhibicionista. En nuestra cultura actual, aquel que expresa la opinión más compasiva en apariencia —independientemente de las consecuencias desastrosas que dicha opinión tenga en el mundo real— gana el debate. El debate político ya no se trata de la viabilidad de una solución o de la verdad de una premisa, sino de la pureza del corazón del que habla. Si te opones a una política destructiva basada en hechos y lógica, no eres visto como alguien que comete un error intelectual, sino como alguien monstruoso, carente de la ‘sensibilidad’ adecuada. El emotivismo prohíbe el desacuerdo honesto porque convierte todo debate en un juicio sobre la bondad intrínseca del alma del oponente.
Hemos pasado de una cultura que valoraba el control emocional y la dignidad en el sufrimiento a una que sospecha de cualquiera que no colapse públicamente en un mar de lágrimas. La reserva emocional ahora se etiqueta patológicamente como ‘represión’. Sin embargo, esta efusión pública de emoción no es un signo de mayor humanidad, sino de egocentrismo. No se llora por el objeto de la pérdida, sino por la oportunidad de participar en un drama colectivo que valida los propios sentimientos del observador. La peste emotivista prefiere la histeria colectiva y superficial a la profundidad silenciosa del dolor auténtico, porque la primera es visible, ruidosa y exige una recompensa social inmediata.
P.S. Gran artículo Ana Iris.
