Burton 46

Ningunas memorias escritas por un político moderno me tentarían a leerlas, ya que la característica principal de tales personajes es la mediocridad templada por una ambición desenfrenada y una insaciable lujuria de poder. Hoy, en el afán de parecer ‘hombres del pueblo’, los políticos hacen precisamente eso: afirman ser devotos seguidores de tal o cual club de fútbol, grandes amantes de la música pop y partidarios de otras abominaciones. Casi ningún político prominente parece capaz de pronunciar una palabra o aparecer en público por un momento sin haber buscado primero la opinión de los «focus groups». La próxima elección los persigue como un doppelgänger y, al ser en su mayoría de principios u opiniones enfermas, viven en un estado de constante ansiedad por no ofender.

El gobierno de Sánchez es militantemente mediocre y, como tal, es verdaderamente revolucionario. La mediocridad triunfa porque se presenta a sí misma como democrática, y porque es aburrida; por lo tanto, para muchos no parece algo contra lo que valga la pena luchar. En Sánchez, las mediocridades de la nación encontraron a un líder que los entendía desde dentro. Es mucho más fácil, por supuesto, admitir a estudiantes de hogares más pobres y menos educados en la universidad mediante un decreto que elevar los estándares en las escuelas secundarias a las que asisten para que realmente puedan beneficiarse de una educación superior. Los nuevos sistemas son niveladores. Al aspirar al mínimo común denominador, lo que las instituciones terminan haciendo no es empoderar a los ciudadanos, sino respaldar tácitamente la mediocridad académica como el único punto de referencia apropiado para todos.

La derecha política moderna sufre de una mediocridad de la imaginación. Creen que la vida humana se reduce enteramente a la eficiencia económica y a las fuerzas del mercado, lo que los vuelve incapaces de defender las instituciones culturales y morales que sostienen a una civilización. Han aceptado la premisa de la izquierda de que los sentimientos y los apetitos individuales son soberanos, y su única respuesta es ofrecer una gestión contable ligeramente más eficiente de la decadencia. Cuando un político de derecha intenta parecer culto, resulta patético; cuando intenta parecer popular, resulta vulgar. Carecen del coraje para decir que unas cosas son mejores que otras, que el conocimiento es mejor que la ignorancia y que el autocontrol es mejor que la autoindulgencia, porque a ellos también les aterroriza ser tildados de elitistas por la masa cuya aprobación necesitan.

La política actual ya no atrae a mentes filosóficas ni a hombres de Estado; atrae a gestores de pasillo, expertos en trepar mediante la adulación a los de arriba y el desprecio a los de abajo, individuos sin más principio que el de su propia supervivencia en el cargo. Un horror.

Deja un comentario