Las redes y los medios atrofian nuestra capacidad de abstracción sustituyendo insensiblemente la proposición lógica por el reflejo emocional. Pero la democracia no es un estado de emoción; es un régimen de razón. El debate democrático exige la capacidad de comprender problemas complejos, de sopesar pros y contras. El verdadero peligro para la democracia no es ya un enemigo exterior, sino el vaciamiento de la mente del electorado, un electorado que opina de todo con vehemencia, pero que no sabe nada de nada.
Una democracia se define por el correr de la discusión, algo que requiere que esa misma discusión tenga un nivel mínimo de competencia. Si sustituimos el conocimiento por el ‘sentimiento’, o por el bla bla insustancial y estrepitoso, si cualquier ocurrencia en un foro público vale lo mismo que un hecho contrastado, la democracia se convierte en una poliarquía caótica.
La democracia es el régimen que sustituye las armas por los votos, y las batallas por los discursos. Pero este milagro solo funciona bajo una condición irrenunciable: la tolerancia y la oposición absoluta al fanatismo. El fanático es aquel que cree ciegamente en su propia verdad y está dispuesto a imponerla con la fuerza del grito o del castigo. El demócrata, en cambio, sabe que su verdad es siempre parcial y que necesita de la palabra ajena para completarse.
Debemos ser respetuosos con el interlocutor, cuidar la palabra y desterrar el insulto y el desprecio. La cortesía lingüística no es un adorno del pasado ni un síntoma de debilidad; es la estructura misma que sostiene la civilización. El ruido, la interrupción constante y la descalificación inmediata son formas de analfabetismo relacional. Quien no sabe guardar silencio para procesar lo que el otro dice, en realidad no está dialogando, solo está esperando su turno para volver a gritar.
