Burton 59

Sea la hipótesis de que el silencio es alingüístico o antiligüístico, una idea quizá discutible (mi vida mental se reduce a un monólogo o diálogo verbal ininterrumpido) La palabra se convierte en el único puente que tengo con el mundo; soy un verbívoro o devorador de palabras: el lenguaje es misterioso y salvador.

Las palabras, las palabras españolas o catalanas o gallegas, están llenas de ecos, de recuerdos, de asociaciones. Han estado en los labios de la gente, en las casas, en las calles, en los campos, durante siglos y siglos. Y esa es una de las mayores dificultades de tratar con ellas: que están tan llenas de significados humanos, de la vida humana, que no se las puede usar para un solo propósito limpio. Son las criaturas más salvajes, más libres, más irresponsables, más inclasificables de la creación. Por supuesto, se las puede atrapar, se las puede encadenar en orden alfabético en los diccionarios. Pero allí no viven… Viven en la mente. Una mente se hace con palabras. Una nación se hace con palabras. Una democracia se hace con palabras. La civilización (ciencia, historia, derecho, constituciones, la familia etc…) es un conglomerado de palabras inteligentes frente al mar blanco y helado del silencio.

Hay palabras que tienen un cuerpo transparente, otras que huelen a humedad de sótano, algunas que brillan como lagartijas al sol. Sufro de una hiperestesia del lenguaje. Para mí, la gramática es una forma de ser, y la sintaxis un arte de vivir.

A veces se afirma que la palabra es grande, pero el silencio es mayor. La palabra es de la tierra; el silencio es del cielo. Miren, se nos insiste, en cómo la verborrea estéril inunda el mundo, mientras que todo lo que es verdadero, todo lo que es duradero, crece en el profundo útero del silencio. No lo creo en absoluto. Sé que las palabras engañan y que hay como una tapicería rapaz y sucia y ruidosa en el mundo. Para mí el silencio es abismo, la nada, la muerte o el síntoma de la parálisis mental.

La palabra, incluso la más contradictoria, es el lazo que une a los hombres; el silencio aísla. El silencio es el elemento de la naturaleza, de las bestias y de las cosas muertas; pero el hombre es el ser que habla, y su palabra es la salud misma. Desconfíen del silencio, de la tendencia a callar que se disfraza de honda sabiduría. La palabra es la luz; el silencio es la tiniebla. Todo lo que es oscuro, todo lo que es monstruoso en la mente humana, se alimenta del silencio y medra en él. La palabra, en cambio, purifica. Nombrar una cosa es ya empezar a dominarla; poner el dolor en palabras es el primer paso hacia su curación. El lenguaje es la herramienta de la civilización, el instrumento de la libertad. Quien renuncia a la palabra, renuncia a su condición de hombre y se entrega a las fuerzas ciegas de la disolución.

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