Burton 62

El «menudillo» de la política —esa cocina mundana donde los principios se diluyen en favor del pragmatismo, el cálculo de poder y la pura supervivencia- son comunes en el PP y el PSOE. Desde un punto de vista lógico, «dos errores no hacen hacen un acierto», es decir, tan mal está que pacten con abertzales la derecha o la izquierda, y que unos pacten con ellos no hace bueno el pacto después de los otros, y, desde un punto de vista ético, tan mal está la generalizada corrupción pasada de unos como la actual corrupción generalizada de otros.

En los sistemas de pluralismo polarizado, la necesidad de formar mayorías de gobierno conduce a lo que podemos denominar ‘coaliciones amorfas’ o de mera conveniencia. En este escenario, el programa político deja de ser un compromiso o pacto con el electorado para convertirse en regateo y cambalache. El ciudadano vota por un ideal, pero el político negocia a partir de la más descarada utilidad. Las contradicciones inevitables no se ven como traiciones, sino como el peaje necesario del extremo pragmatismo parlamentario; sin embargo, para el cuerpo electoral, el resultado es la percepción de una política vacía de principios, donde el fin del acceso al poder justifica la flexibilidad de los medios.

El PP antaño se coaligó estratégicamente con CIU, Sánchez «ni en sueños» pactaría con Podemos. La política, a mi juicio, y no debemos ser ingenuos, fractura la moral común. La gran paradoja de la democracia moderna es que nació para ser el gobierno del poder público en público, pero sobrevive gracias a pactos secretos, acuerdos de pasillo y concesiones mutuas que horrorizarían a los electores si se expusieran a la luz del día sin anestesia (y propaganda torcida) retórica.

Es la «realpolitik», en la que caen indistintamente PP y PSOE, y, creo, no debemos encastillarnos en defender una facción como ideal platónico de pureza frente a la otra como impura y sustancialmente «maligna». Recuerdo algo que dijo Richelieu: «Quien gobierna está obligado a ser como el timonel: debe cambiar las velas según sople el viento, y pactar incluso con los enemigos de la fe si con ello asegura la supervivencia del reino. Las contradicciones en política no son debilidades; son la flexibilidad necesaria que exige la conservación del poder frente a la mudanza constante de los tiempos». Y ese genio tenebroso llamado Fouché expresó una idea muy similar: «En política no existe la traición, solo existe el tiempo. Los hombres que se encadenan ciegamente a un programa o a un partido demuestran una peligrosa estrechez de miras; los programas políticos son para el pueblo, las realidades del poder son para quienes saben manejarlas».

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