Una democracia no morbosa exige instituciones independientes (Fiscalía, Tribunal Constitucional, Poder Judicial) con poder real para frenar, investigar y sancionar los excesos del Ejecutivo y el Legislativo mientras gobiernan. Sin esto, el poder se fragmenta en mafias o liderazgos tiránicos. Cuando un Congreso puede cambiar la ley de amnistía o someter al sistema judicial a su antojo, la democracia muta en autocracia electiva (idea ampliamente razonada por el gran jurista Luigi Ferrajoli)
Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (en su terriblemente recomendable ensayo «Cómo mueren las democracias») señalan que las leyes escritas no bastan; se necesitan lo que llaman «normas no escritas», a saber, la tolerancia mutua (aceptar que el rival político es un competidor legítimo, no un traidor o un criminal) y la contención institucional, es decir, no usar el poder al límite de lo legal para destruir al oponente.
Pobre Perú jodido. Cuando la derecha adopta el formato populista o autoritario (el fujimorismo radicalizado, Bolsonaro o la extrema derecha violenta), dinamita las instituciones en nombre del orden, usando el miedo como combustible. Por ello, la estabilidad de una nación depende, a mi juicio, de la existencia de una derecha liberal y democrática.
Una enorme inteligencia como Vargas Llosa escribió: «El populismo es la enfermedad infantil de la democracia, una tentación permanente que apela a los instintos más bajos del ser humano: el nacionalismo, el racismo, el miedo al otro, la simplificación de problemas complejos mediante respuestas mágicas. La derecha populista o autoritaria promete orden a cambio de libertad, pero lo que produce es corrupción y tiranía institucional. El verdadero liberalismo, la derecha democrática, no busca caudillos providenciales; busca leyes justas, instituciones neutrales y ciudadanos responsables. Sin una opción de centroderecha que respete las formas democráticas, la política se convierte en una guerra de trincheras donde la primera víctima es la verdad». Palabras no sé si más proféticas o sabias.
Una democracia deja de estar enferma cuando la política se muda del estómago a la cabeza. El triunfo de opciones de derecha que no exploten el trauma, que no persigan periodistas y que respeten la autonomía de los jueces es indispensable para que los sectores populares dejen de votar por miedo al caos, y empiecen a votar por la certeza de la ley (en principio, y acaso deba pensarlo más, ésta es mi conclusión)
P.S. Emocionante y muy bien razonado artículo. Le envío al autor un abrazo muy afectuoso. Desearía como coda citar unas palabras de Aron, que son al caso: «El político razonable sabe que las sociedades son complejas y que ninguna fórmula ideológica puede resolver de un plumazo la imperfección humana. Las derechas autoritarias pretenden congelar la historia mediante la fuerza, mientras que los populismos movilizan el resentimiento. Lo que una democracia necesita son partidos capaces de transigir, de aceptar que el adversario político no es un enemigo absoluto al que hay que exterminar, sino un compatriota con el que se debe cohabitar. La cordura constitucional exige renunciar a la violencia verbal y al uso punitivo del Estado para saldar cuentas políticas». Tiempos oscuros.
