El artículo de Juanma Castaño es un ejemplo de manual de lo que podríamos llamar «periodismo de bufanda y micrófono»: textos que se escriben casi como se habla en una tertulia de radio nocturna, primando la inmediatez, el impacto emocional y la acumulación de frases hechas sobre el rigor lingüístico o la profundidad estilística.
Escribe el horrible «poner en valor» (un calco del francés «mettre en valeur» que ha invadido la política y el mundo corporativo) en vez de «valorar». Además el texto está plagado de lugares comunes que delatan pereza e ignorancia idiomática. Así ocurre con la metáfora bélico-médica: Uruguay es un «campo de minas», del que la selección sale «viva pero mutilada». Es un recurso facilón para dramatizar el deporte, elevando las lesiones a la categoría de tragedias de guerra. La sobadísima metáfora automovilística: «Los kilómetros y los accidentes han dañado este gran coche que conduce Luis de la Fuente». Comparar a un equipo con un coche y al entrenador con el chófer es un cliché desgastadísimo. Y frases hechas de tertulia: «pide a gritos» (Olmo), «el gran melón» (Rodri y Pedri), o «morir con ellos». Son expresiones que buscan la complicidad rápida del lector futbolero, pero que empobrecen la prosa escrita.
El escrito o pseudoescrito sufre de una alarmante falta de cohesión textual. Parece dictado en una nota de voz y transcrito a toda prisa. Miremos esta estructura: «El primero está KO, el segundo progresa esperando que cada partido sea una suma más de ritmo y competición hasta una hipotética última semana» ¡Vivan los anacolutos! O señalemos el uso confuso de los pronombres: «Yo tampoco les tocaría». Además del leísmo (aceptado si se refiere a hombres singulares, pero aquí habla en plural, «les», refiriéndose a Rodri y Pedri), la estructura «Zubimendi espera su turno, pero De la Fuente no tiene pinta de quebrar su confianza en los titulares. Yo tampoco les tocaría» confunde los antecedentes de a quién se está tocando o no.
Me provocó risa lo que podríamos llamar «el dilema del seleccionador». Acusa a De la Fuente de que «tampoco ha encontrado su once, ha virado buscando soluciones», pero inmediatamente después dice que el técnico «no tiene pinta de quebrar su confianza en los titulares» ¿En qué quedamos? ¿Da bandazos buscando soluciones o mantiene una confianza inquebrantable en sus vacas sagradas? Las dos premisas se anulan entre sí.
Para qué continuar. Casi todo es un despropósito. En definitiva, el estilo de Castaño es el no-estilo. Pertenece a esa escuela periodística que confunde la cercanía con el descuido. No hay un esfuerzo por buscar el adjetivo preciso, ni por construir una metáfora original, ni por dotar al texto de una cadencia elegante. Un cero patatero.
P.S. Castaño dice de Lamine Yamal que «progresa esperando que cada partido sea una suma más de ritmo y competición». ¿Qué significa «una suma más de ritmo»? Es pura palabrería hueca. El ritmo no se suma en saquitos; se coge, se pierde o se gestiona. Pero suena técnico, suena a «argot de vestuario», y con eso tira millas ¡Viva el lenguaje de «cuñao»! La puntuación es catastrófica. Las frases cortas y descabaladas («Olvidemos la Eurocopa», «Lejísimos», «Para empezar, porque…») no responden a una búsqueda de suspense o de impacto poético, sino a la incapacidad de sostener un argumento complejo a lo largo de una frase subordinada de más de quince palabras ¡Un «cero patatero» con todas las letras y en negrita!
