El problema con los burócratas y con el ciudadano común que participa en la violencia no es que sean monstruos sádicos, sino que son terroríficamente normales. Lo que caracteriza a esta forma de violencia cotidiana es la incapacidad para pensar, la renuncia a ponerse en el lugar del otro. Se ejerce el daño no por una maldad intrínseca, sino por mera rutina, por obediencia a las normas establecidas, por conveniencia o por dejarse llevar por la corriente de lo que la sociedad considera aceptable en un momento dado. Cuando la violencia se burocratiza o se atomiza en pequeñas tareas diarias, la responsabilidad se disuelve y el horror se vuelve banal. Las anteriores ideas están parafraseadas del excepcional tomo de Hannah Arendt: «Eichmann en Jerusalén».
El abandono de las humanidades en la educación deja a los ciudadanos desarmados éticamente, abriendo la puerta a una violencia cotidiana basada en la ignorancia y la falta de empatía. Advirtamos que la desaparición de las humanidades de los planes de estudio no es un mero cambio burocrático; es una catástrofe civilizatoria. Al privar a los jóvenes de la lectura de los clásicos, se les priva de la capacidad de descifrar el sufrimiento ajeno y de verbalizar el propio. Una sociedad sin cultura humanística es una sociedad abocada a una sutil forma de barbarie cotidiana: el lenguaje se empobrece, el pensamiento se vuelve gregario y la incapacidad para dialogar se transforma de inmediato en agresividad, en un desprecio sistemático hacia el otro que impregna las aulas, los trabajos y las calles. Una relación causa-efecto sutil, pero indudable.
Existe una violencia sorda vertida por el utilitarismo moderno que nos obliga a medir el valor de las personas solo por su rentabilidad inmediata. Esta mentalidad genera una convivencia hostil, donde el silencio y la reflexión son perseguidos como anomalías. La sociedad del ruido, de la prisa y del exhibicionismo digital ejerce una coacción diaria sobre el individuo, obligándolo a participar en un simulacro banal de felicidad y éxito. Quien no se somete a esa dinámica es castigado con la invisibilidad o el desdén, que son las formas de violencia más comunes y aceptadas de nuestro tiempo.
Asistimos al triunfo absoluto de la vulgaridad, que no es solo mal gusto, sino una forma de agresividad social. Hoy, la ordinariez, el insulto rápido y la chabacanería se exhiben como muestras de autenticidad. En las redes sociales y en la televisión se ha instalado una inquisición, un linchamiento digital donde las turbas bienpensantes destruyen al disidente. Hemos sustituido la cortesía, que era el gran dique de contención contra la barbarie y el respeto a la singularidad, por un gregarismo feroz que lincha al que es diferente, refinado o libre.
La violencia más peligrosa no empieza con un golpe, sino con la perversión de las palabras. Cuando el lenguaje se utiliza para falsear la realidad, para insultar, para crear bandos ideológicos irreconciliables o para deshumanizar al rival, se está inoculando un veneno en la mente colectiva. Esa crispación verbal, que vemos a diario en el parlamento y en los medios, desciende como una lluvia fina sobre los ciudadanos, destruyendo la posibilidad de una convivencia pacífica. Si nos acostumbramos a usar las palabras como piedras, terminaremos lapidando la democracia.
Acercando las palabras de Irene Vallejo a mis propias palabras, diría que el insulto y la descalificación rápida en el debate público actúan como un veneno sutil que acidifica nuestras relaciones más cercanas. Frente a esa violencia de trazo grueso, la lectura y la palabra cuidada no son un refugio elitista, sino un acto de resistencia civil. El lenguaje matizado nos devuelve la capacidad de entender la complejidad del otro, de frenar el prejuicio automático y de desactivar la hostilidad. Si dejamos que el ruido y la simplificación ganen la batalla diaria, destruiremos el tejido de la empatía, que es lo único que nos mantiene a salvo de la violencia.
La democracia no es solo votar cada cuatro años; es un ejercicio cotidiano de contención y cortesía. El día que empezamos a justificar las pequeñas faltas de respeto al prójimo bajo el pretexto del individualismo, legitimamos el derecho del más fuerte, es decir, nos adentramos plenamente en la barbarie, mundo del que no estamos demasiado alejado.
