Los hay que escriben con el motor de un Rolls-Royce (pienso en Nabokov) y otros que solo alcanzan la prosa destartalada del carromato gitano. Josep Ramoneda pertenece a esta última categoría. Sus columnas son un tostón de cháchara y mala retórica, el producto de un analista mediocre con destellos de un excelente —e involuntario— humor, separados, desgraciadamente, por desiertos de la más absoluta vulgaridad literaria. Le encaja a la perfección aquello que Cyril Connolly dijo sobre George Orwell: «No podía sonarse la nariz sin tener que moralizar sobre la industria del pañuelo».
Para muestra de esta escritura «descurada», basta asomarse a este artículo de hoy y observar cómo tropieza en las comas más elementales. Escribe: «A medida que se acercan las elecciones se está haciendo más evidente…», hurtándonos una pausa obligatoria tras la subordinada temporal. Repite el tropezón pocas líneas después con un desamparado «Y por si quedaba alguna duda José María Aznar ha saltado…». El texto avanza a trompicones, entre anacolutos y frases extenuantes de cuarenta y nueve palabras que encadenan gerundios («otorgando», «buscando») e introducen rupturas tonales metidas con calzador («Vox, por supuesto»), dejando al lector exhausto antes de llegar al punto final. Hay una alarmante falta de cohesión: en apenas cinco líneas, el autor salta de la crisis de liderazgo en el PP a una tesis macroeconómica sobre el paso del capitalismo industrial al financiero, para acabar naufragando en el impacto de las redes sociales. Abre demasiados melones analíticos que su impericia es incapaz de cerrar. Y como rúbrica a su descuido gramatical, nos regala un flagrante «comma splice» para cerrar el artículo: «El ciclo reaccionario está aquí, la derecha española se radicaliza». Dos oraciones independientes soldadas por una simple coma. Un suspenso en sintaxis.
Es imposible respetar intelectualmente a un frívolo tan descarado. En una entrevista concedida a VilaWeb, al ser preguntado por su voto a la CUP, Ramoneda justificó su apoyo a la formación anticapitalista con unas palabras descacharrantes: «Como los otros iban con Convergència… si quiero votar a las izquierdas tengo que votar a la CUP. Que además me prometen como propina que echarán a Mas. ¡Ja! (…) Yo ya tengo una edad en la que me puedo permitir votos ocasionales». El único lúcido entre obtusos, supongo. Despachar el futuro político de una comunidad como una «propina» para fastidiar a un rival revela que, para este intelectual de salón, la política es solo un divertimento, a pesar de que luego pontifique con gravedad apocalíptica sobre el «autoritarismo posdemocrático».
Su armazón argumental es un festival de contradicciones y atajos retóricos de trinchera. Acusa a Alberto Núñez Feijóo de carecer de un proyecto de amplio espectro y vivir de las inercias, pero cuando el líder del PP intenta ampliar su base parlamentaria tendiendo puentes hacia el PNV o Junts, Ramoneda lo tacha despectivamente de «dar palos de ciego» y de un «retorno al pasado». Si el PP no suma apoyos, es débil; si los busca, da palos de ciego. A esto le sigue una hiperbólica falacia del espantapájaros que equipara los pactos autonómicos —habituales en toda Europa Occidental— con el «neofascismo», apelando al miedo y no a los datos. Y cuando no le quedan argumentos, recurre al ad hominem puro y duro, despachando a Miguel Tellado no por sus propuestas sobre extranjería, sino etiquetándolo psicológicamente como la «encarnación del resentimiento político».
Quienes nos hemos empapado de la Teoría de Modelos, la Teoría de la Demostración, la Teoría de Conjuntos y la Computabilidad, no podemos más que sentir un rechazo ante este tipo de columnas. Ramoneda, al fin y al cabo, fue discípulo de Louis Althusser, aquel vesánico estructuralista que terminó estrangulando a su mujer. Se nota la escuela: una tradición intelectual donde la consistencia interna, las premisas sólidas y las verdades demostrables no importan nada; lo único que importa es que el charloteo sirva a la causa del día.
P.S.: He extremado deliberadamente algunos ideas para servir al registro satírico, aunque soy consciente de que ello sacrifica parte de la precisión analítica. Ciertamente escribi algún descalificativo demasiado contundente y pequé de aquello que acuso: un ad hominem por asociación. Pero no deseé ser un mero relojero.
NOTA BENE: Sobre esta tendencia de la prensa de trinchera a sobredimensionar y, a la vez, ridiculizar al adversario, el ensayista Manuel Arias Maldonado reflexiona de manera extensa en «Desde las ruinas del futuro»: «La simplificación del adversario político en el discurso público contemporáneo exige un doble salto mortal: debe ser presentado ante la parroquia propia como un sujeto inepto, carente de ideas y sobrepasado por las circunstancias, pero, simultáneamente, como una amenaza existencial inminente y sofisticada, capaz de socavar los cimientos del Estado de derecho. Esta esquizofrenia narrativa satura el análisis periodístico. Si el líder opositor es un náufrago sin proyecto, malamente puede coordinar una sutil transición hacia el autoritarismo posdemocrático. Al final, se prefiere la eficacia del espantapájaros —el miedo al monstruo— antes que el rigor de cartografiar una estrategia de oposición que, con mayor o menor fortuna, simplemente explota las costuras del sistema parlamentario».
El columnista ya no busca el dato que corrobore su tesis, porque el dato es contingente y molesto; busca el adjetivo litúrgico que conforte a sus fieles. Palabras como «neofascismo» o «miseria moral» han sufrido una inflación tan brutal que ya no describen realidades políticas complejas, sino que funcionan como jaculatorias para ahuyentar al demonio. Cuando un texto necesita apilar calificativos para sostenerse, no estamos ante un ejercicio de análisis político, sino ante una homilía que exige del lector una adhesión piadosa. Hay que reconfortar a la parroquia con una decidida superioridad moral.
Detrás de la gran pirotecnia de palabras («posdemocracia», «capitalismo financiero») no hay más que la enésima serie de argumentos de partido empaquetados para consumo de convencidos.
