Burton 101

Nihil novum sub sole. Mobutu Sese Seko fletaba aviones Concorde para ir de compras a París mientras su pueblo se hundía en la miseria del mal zaïrois; Cayo Verres saqueó Sicilia con una saña tan descomunal que obligó a Cicerón a inmortalizar su vileza en las Verrinas; y el Duque de Lerma, deudor de la misma estirpe, diseñó la primera gran operación de especulación inmobiliaria de nuestra historia mudando la Corte a conveniencia de sus fincas. La cleptocracia y el cinismo institucional siempre han hablado el mismo idioma.

«Si la realidad contradice mis decretos, peor para la realidad. Mi palabra no narra la historia, la funda». El eco de «Yo el Supremo» reverbera hoy en los pasillos de la Moncloa. El pueblo no necesita la verdad de los hechos; necesita la fe ciega en el relato, porque la voz del líder es la única que lo protege de la intemperie de unos enemigos fabricados a la carta. Es la receta de nuestro presidente: un ilusionista de trinchera que gobierna inflamando el tablero y sustituyendo el dato molesto por el adjetivo litúrgico.

Al final, despojado el sanchismo de su pirotecnia dominical, lo que queda es un mecanismo de supervivencia política.

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