Hace poco menos de dos meses que ya no leo libros en papel, sino solo diarios digitales. La experiencia no me resultó traumática. Dada mi propensión al análisis y a mi escritura numerosa, sé que mis comentarios en la web desentonan; fueron décadas de educación y estudio libresco, de analizar y dirimir o sopesar argumentos, y de sentir —también— la electrificación o percepción electromagnética en la glándula pineal ante una novela o un poema memorables.
El periodismo (debería examinar más minuciosamente la idea) no elucida la realidad; más bien, los lectores asistimos a un servicio religioso donde se muestran las fuerzas inevitables del caos y el orden del mundo que el periódico selecciona y edita, y donde nos limitamos a confirmar nuestros prejuicios y creencias morales. Schopenhauer fue uno de los críticos más feroces de la lectura obsesiva de periódicos, a la que consideraba una distracción del verdadero conocimiento. Decía que estos son la aguja de los minutos de la historia, mientras que los libros son la aguja de las horas, la que registra el verdadero progreso del espíritu humano. El que lee únicamente periódicos vive siempre al día, en la superficie de las cosas, y su juicio carece de la perspectiva histórica que solo da la gran literatura y la filosofía; al asimilar solo lo efímero, acaba pensando de manera efímera.
Permítanme abusar de su tiempo con una muy lúcida observación de Russell: «Uno de los defectos de nuestra época es la excesiva importancia que se concede a las verdades inmediatas y locales, en detrimento de aquellas que son permanentes y universales… Quien solo se nutre de noticias vive en un estado de agitación perpetua». Estoy de acuerdo, y lo he experimentado en carne viva como antiguo lector obsesivo-compulsivo.
Respecto a la IA, no me parece ilícito que la use un escritor, siempre y cuando la parte del león sea obra del literato. Puede servir de documentalista o, como en mi caso, de corrector gramatical. Otras atribuciones, dados mis modos decimonónicos, las presumo más oscuras.
Desearía, finalmente, recomendar la obra completa de José María Álvarez, muerto recientemente. La elegancia, energía y belleza de sus libros son, a mi juicio, una fuente de magisterio inexcusable.
