Noche de julio, europea y musical. Noche de verano como un gran estanque oscuro y tranquilo, en cuyo fondo las formas familiares de los árboles y los cobertizos flotan sin peso, disueltas en una penumbra de tibieza plateada. Brasero encendido del cielo, desnudadas estrellas de albahaca. «Una nit d’estiu, d’una calma absoluta, calenta i pesada. L’aire no es mou. La llum de la lluna, d’un blanc blavís i fred, cau sobre les teulades del poble i els camps de pomeres, deixant unes ombres retallades, dures, d’una precisió gairebé mineral». nos recordó Pla. Las polillas se estrellan contra las luces de mi lámpara.
Me atenaza la funesta manía de escribir, la compulsión de emborronar en la pantalla unas vagas palabras. Pero, confesémoslo, no leí el Leviatán, ni Ser y tiempo, ni la Fenomenología del espíritu, ni la Estética de Adorno. Soy todo huecos y lagunas culturales. Me abochorna mi incultura. Toda mi vida leyendo, y prácticamente no sé nada (y sin el «prácticamente») Siento el vértigo helado ante lenguas que estudié y ahora balbuceo precariamente. Y me invade una intensa amargura por todo lo que no sé. Es la sensación de haber sido alimentada con migajas mientras otros se sentaban a la mesa completa.
El sabio torrencial Llovet es un cráneo privilegiado y lo opuesto a un impostor. Yo soy -y no me engaño- un diletante falsario. Siento el impulso de confesarlo: poco más allá voy del analfabeto. Perdónenme el vómito indecoroso de intimidad. Es insoportable ser tan limitado.
