Burton 137

Hoy gozo de un día magenta, italiano y musical. No me apetece el escalpelo ni usar mi parco cerebro en su modo analítico, desmontando brazaletes, coronas, muelles o rotores como un relojero. El arte, ciertamente, es como dar cuerda a un antiguo y delicado reloj dorado.

Recuerdo los pliegues de las telas como una carnadura en «La Virgen de los Consejeros», de Lluís Dalmau, o el «San Hugo en el refectorio de los Cartujos»: los negros aterciopelados, profundos pero nunca absolutos; los ocres y tierras apagadas, como madera encerada; los rojos contenidos. Colores, se diría, recién salidos de las «Musikalische Exequien». Nada tienen que envidiar —antes al contrario— a otras piezas del arte mundial.

Aplicar las tesis de Pascale Casanova en «La República mundial de las letras» al mercado y a la historia del arte es un ejercicio no solo viable, sino sumamente revelador. Artur Ramon propone que los artistas españoles dialoguen con extranjeros en el Museo de Orsay y no en el Reina Sofía. Esto es puro Casanova: para que un artista español rompa la barrera de la periferia, debe ser exhibido en los templos del “centro” legitimador. Esos centros, meridianos nodales y radiantes, son los que visibilizan el arte internacional. Madrid no está en el eje de esa trama.

Estoy totalmente de acuerdo con la tesis del articulista: el arte español ha quedado reducido con frecuencia a una anomalía exótica, una hermosa rareza de frontera, en lugar de ocupar el lugar que le corresponde como uno de los pilares de la tradición europea.

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