Burton 136

Las manos de mi madre, que en su juventud habían sostenido abanicos y anillos con una gracia ligera, se habían convertido en un laberinto de nudos calcáreos, una cordillera de articulaciones ajadas sobresaliendo en una epidermis descolorida, desprovista de savia viva, transparentes como papel de fumar.

Manos que besé en su agonía con la mayor ternura que se puede demostrar en este mundo, manos deformes gastadas por la artrosis, mates y pálidas; las ruinas hermosas del ser a quien más amé en esta vida, y más allá.

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