Corría mediados de los ochenta. Casi cada día mi familia y yo íbamos al «restaurant» «Le gens que j´aime»: hilo de Venecia, plata, cristal y luz. Mantel de lino de Flandes blanco, planchado a pulso directamente sobre el tablero para evitar cualquier arruga, bajoplato de porcelana. En el gran comedor, que el sol de la tarde inundaba aún con un oro decadente, las mesas ya estaban dispuestas, cubiertas de manteles de un blanco tan rígido que parecían esculpidos en mármol blanco. En el centro, un arreglo bajo de orquídeas y ramas de eucalipto perfumaba el aire. Los cubiertos de plata, pulidos hasta el extremo, reflejaban la luz parpadeante de las velas de cera. Y muchas flores.
Fui un niño rico. Apenas puedo separar la noción de mi propia infancia de la noción de una opulencia perfectamente natural y, por tanto, invisible para mí en aquel entonces. El dinero lo teníamos quienes debíamos tenerlo, y el aire olía a helado apasionado de nube. Mi madre me acariciaba el cabello con manos suaves, y mi padre, siempre elegante, hablaba con voz grave y cuajada de razones. Las estanterías de nogal de la enorme biblioteca, los libros encuadernados en cuero. Todo me parecía -y parece- de una delicadeza infinita. Las tardes oliendo a madera encerada. Y la voz de mamá que me “agombolava” solo con oírla.
Lo recuerdo todo con intensa claridad de símbolo: nuestra gente era aún ordenada, educada y sólida, sobrepujaba el pensamiento augusto, fluía magnánimo el gesto. Sentir esa intemporal existencia de ser propietario.
