Esa gargantilla hecha con la crin de caballo de arcos de violín rotos es una genialidad prácticamente mística. El mismo material que durante años frotó las cuerdas para producir un sonido efímero en el Conservatori del Liceu, se solidifica ahora en una joya de pasarela.
Yo pasaría meses enteros clasificando, nombrando, describiendo y contemplando las gemas de Oriente: el crisopraso, verde como la savia de un árbol joven; el granate, con su color de vino tinto espeso; y la alejandrita, que muta del verde del mar bajo el sol al rojo purpúreo de las antorchas en la noche.
La buena vida es un olivino de tintes dorados. La felicidad cabe entera en el topacio de ámbar encendido y en los diamantes amarillos. El Bien, la Verdad y la Belleza se estremecen ante el rubí de Birmania o el zafiro de Cachemira
El arte perdura en la penumbra de la caja donde mamá guardaba sus joyas.
P.S.: Un enorme abrazo, Alba.
