Burton 142

La filosofía francesa del siglo XX indica su castigo providencial, su regicidio espiritual, su delirio del terror. Ha pretendido sustituir la sabiduría de los siglos por las opiniones volubles de unos pocos pedantes. Una anarquía desarraigada, hermética y oscura. Una nación de tenderos y burócratas que confunden la grandeza con la riqueza y la libertad con el parloteo de la prensa. Los franceses exportan la vanidad, la moda efímera y el relativismo que hiela el corazón. «Su ingenio es ligero y su hablar vano, siempre atentos a la apariencia y al traje, descuidando la solidez de las virtudes y la gravedad del ánimo», Quevedo.

Filósofos que toman palabras como «hiperrealidad», «antropoceno», «transhumanismo» o «ciberontología», y las mezclan en una prosa densa que simula una profunda comprensión de la evolución técnica y científica del hombre (como denunció Sokal) Pero ya no son capaces de seguir el ritmo del avance matemático y científico, y se inventan un dialecto propio en el que pueden discutir infinitamente sin el peligro de ser refutados por un experimento, o por la mera incomprensión del interlocutor. Es una inflación de conceptos vacíos.

Un país confuso que sustituye la sintaxis por las onomatopeyas.

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