Burton 141

Benjamín Prado publica sus memorias, ughs. Gacetillero con pinta de Quasimodo, pelmazo, redactor de crónicas rockeras: un choclo crudo e indigesto. “Todo es tan gris e incómodo que al final parece que sufre constantes malestares de vejiga, como le pasa a la gente mayor cuando duerme”, comentó Nabokov sobre Beckett. Perfectamente aplicable a Prado, el de la prosa rapada.

La «Historia calamitatum» es el acta de nacimiento del intelectual en Occidente. Abelardo posee una grandiosa autoconciencia; se sabe superior a su tiempo y no hace nada por disimularlo. Todos sabemos a Benja muy inferior a su tiempo. Cellini se describe a sí mismo como un genio inmune a las leyes de los hombres comunes: escultor, músico, tirador de primera, soldado y asesino. Su narración de la fundición del Perseo en Florencia, luchando contra la fiebre, el fuego y la falta de metal, es uno de los pasajes más épicos de la literatura universal. Insuflar vida al bronce y al oro. Nuestro memorialista sabe insuflar palabras solo a las mentes precarias.

Leamos «Monodia» (o Recuerdos de mi vida), de Guibert de Nogent, el «Libro de la vida y costumbres de Pero Niño», de Gutierre Díez de Games, o el «Diario» (Efemérides) de Luca Landucci. Evitemos los libros malos. Los libros malos son perjudiciales: primero, porque se lee una cantidad ingente de ellos y se desperdicia un tiempo precioso que debería dedicarse a las obras maestras; y también porque el hábito de la mediocridad embota tanto el discernimiento como el gusto. Los lectores de Prado son seres blandos, perezosos, incapaces de comprender una verdad trágica o una «beauté difficile» . Yo hace siglos que no lo leo.

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