Burton 144

El texto de Pepe Herrera es, metodológica y estéticamente, un auténtico suflé de prosa pedregosa, acartonada y con una prosodia criminal. El autor piensa con un ruido conceptual que no añade un gramo de información; explica una sucesión de perogrulladas envueltas en celofán pseudocientífico.

Pepe Herrera descubre el Mediterráneo al decir que «las personas construyen significados para entender el mundo». Traducido al lenguaje humano: la gente piensa cosas sobre las cosas. Decir que somos «seres simbólicos» que usan «códigos compartidos socialmente» para «establecer vínculos» es una obviedad tan gigantesca que carece de valor informativo. Es un armazón lingüístico vacío, una caterva de tautologías pomposas.

Comparar el fútbol con la religión es uno de los clichés más perezosos de nuestra época. Desde la filosofía analítica, esto constituye un flagrante error de categoría. La religión gestiona la trascendencia, el más allá y la moralidad; el fútbol gestiona el ocio, el azar y el gregarismo local. Forzar la simetría mediante «cábalas y promesas» es equiparar la mística de San Juan de la Cruz con un delantero que no se lava la ropa interior para estirar una racha goleadora. Es un sinsentido lógico.

Su prosa ejemplifica un tratado sobre cómo escribir con muletas feístas. Su estilo abusa de una jerga burocrático-académica que destruye el ritmo de la frase: una prosa de madera que fatiga el oído del oyente.

Desde un punto de vista elitista —aristocrático en lo cultural—, el artículo es un intento desesperado por dignificar intelectualmente un fenómeno de masas burdo. Al intelectual biempensante le aterra admitir la realidad: que el fútbol triunfa no por su «complejidad simbólica», sino por su simplicidad primaria. El fútbol es el sucedáneo moderno de la guerra tribal; es una descarga barata de dopamina, testosterona y pertenencia gregaria para masas que necesitan evadirse de la monotonía cotidiana. El elitismo bien entendido defiende que el individuo tiene derecho a la desconexión de la masa. Forzar a todo el mundo a entrar en el aro del «ritual futbolístico» es colectivismo de baja estofa.

La vida ya está llena de suficientes liturgias reales como para inventarnos dioses analfabetos con botas Nike.

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