Burton 147

Papá y yo coleccionamos juntos libros de política en sus idiomas originales. Por aquí, en mi pazo de la Ribeira Sacra, andan viejas ediciones dispuestas entre la noble caoba: Hayek, Von Mises, Berlin, Friedman, Salisbury, Hume, Locke, Burke, René Girard, Rémi Brague, Robert Spaemann, Fabrice Hadjadj. También volúmenes —nada intonsos— de Menger, von Böhm-Bawerk, von Wiese, Lachmann, Kauder, Jay Nock, Chamberlain, Chodorov, Nisbet y Aron, Polanyi, Röpke, Rueff, Oakeshott, Strauss, Voegelin, Jouvenel, Ortega, Weaver. Y tengo a Kirk y a Viereck, a Weber, o a Julián Marías, Gómez Dávila, Balmes, Donoso Cortés o Bonald. La inteligencia no es patrimonio exclusivo, ni mucho menos, de la izquierda (aunque, según Scruton, alrededor del 70 % de los intelectuales universitarios se adhieren a esa ideología).

Mi definición favorita de conservador la escribió Oakeshott: «Ser conservador es preferir lo familiar a lo desconocido, lo que se ha probado a lo que no, el hecho al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo infinito, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo superabundante, lo conveniente a lo perfecto, la risa presente a la felicidad utópica».

Sin posibilidad de refutación, no hay pensamiento político serio. Las ideologías simplifican el mundo hasta hacerlo irreconocible; ofrecen claridad emocional al precio de la verdad. Aron denunciaba cómo derecha e izquierda pueden caer en la misma tentación: sustituir complejidad por consigna.

Yo soy un mero diletante, pero creo que las ideas políticas, cuando son abrazadas con fervor religioso por intelectuales encerrados en construcciones doctrinales autosuficientes, tienden a convertirse en sistemas abstractos capaces de justificar cualquier violencia. El clerc engagé a menudo «cree que existe una solución final para todos los problemas humanos; entonces inevitablemente llegará un momento en que habrá que obligar a los hombres a ser felices a la fuerza» (I. Berlin). Y perdonen la sobregeneralización.

Sowell afirmaba: «Los intelectuales constituyen una clase peculiar de personas cuya ocupación principal consiste en tratar con ideas. Pero el hecho de trabajar con ideas no implica necesariamente poseer sabiduría práctica, prudencia o conocimiento superior sobre el funcionamiento de la sociedad». Esto conecta directamente con una idea importante: el prestigio ya no depende del saber profundo, sino del control retórico y mediático. Sowell añade algo todavía más duro: «A diferencia de ingenieros, médicos o empresarios, los intelectuales rara vez sufren consecuencias directas por sus errores. Sus ideas pueden fracasar repetidamente y, sin embargo, su prestigio permanecer intacto». Aquí aparece el núcleo del problema moderno: la sustitución de la autoridad moral clásica por la celebridad ideológica. En muchas sociedades modernas, el intelectual no desafía al poder cultural predominante; forma parte de él.

Nada tienen que ver estos nuevos intelectuales con las peregrinaciones cortesanas del humanismo europeo, donde si algo nunca faltaba era grandeza. Nada que ver Diderot asesorando a Catalina la Grande, o Vives a la princesa de Inglaterra, con periodistas (no citaré nombres) asesorando al Sr. Sánchez; nada se parece Descartes dando clases a Cristina de Suecia a don Miguel Ángel Rodríguez aleccionando a la Sra. Ayuso; nada es comparable Erasmo, consejero áulico de Carlos V, con Pablo Iglesias, cabeza pensante de Podemos (y disculpe si bajé algo al barro cotidiano).

Monsieur Homais, de una medianía intelectual tan patente y aguda, retórica banal, autosuficiencia y mediocridad satisfecha, es el emblema o símbolo de la nueva y chispeante clase intelectual, tan autocomplaciente y celebrada por los medios. Una clase intelectual indistintamente tanto de la diestra como de la siniestra. Vamos a menos.

P. S.: Un saludo muy afectuoso, Pilar.

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