Burton 146

De niño y adolescente era un ser estival. Ahora ya no. No soporto el calor pastoso que parece brotar de la tierra misma y quedarse suspendido en el aire, inmóvil, como si el viento hubiera muerto para siempre. En mi casa, estos días, se respira un letargo de hornada donde el techo de madera cruje por la sequedad y las moscas caen mareadas. Es un calor que no deja pensar, que se mete en los pulmones como vaho de agua hirviendo y transforma la realidad en un espejismo insoportable. No soporto más la fijeza cegadora del sol; empujo malamente mi cuerpo a través de un fluido espeso. Me cuesta escribir, reflexionar, leer.

A ver si llega pronto el otoño. Solo entonces podré concentrarme en la lectura de Polidoro Virgilio —a quien ya citaba Cervantes en «El Quijote»—, en la «Historia de mi vida» de Enea Silvio Piccolomini, o acaso en las «Memorias» de Philippe de Commynes, uno de los grandes memorialistas políticos del tránsito medieval-renacentista. Anhelo también hincarle el diente a textos como «Introduction to Mathematical Logic», «A Mathematical Introduction to Logic», «Computability and Logic», «Gödel’s Proof» o los «Principia Mathematica». Después de todo, la lógica es el arte de obligar a la inteligencia a seguir el camino de la necesidad: allí donde termina la opinión y comienza la demostración, comienza también la lógica.

P.S.: Raquel, te envío un saludo afectuoso.

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