Leo este diálogo en «La catedral del mar»: «—No llores, Arnau —le consolaba Joanet, abrazándole—. Tu padre es un hombre fuerte y sabio. Saldrá de esta. Dios no puede permitir tanta injusticia».
La prosa carece de texturas, de tinte fresco y rosáceo, del sabor de un crêpe flambée, de la finura de una Wagyu karubi eye con zumaque y sal de vainilla. Los adjetivos son siempre previsibles, obvios: el hombre es «fuerte y sabio», la injusticia es «tanta», el llanto es consolado. No hay espacio para la ambigüedad, la elipsis o el claroscuro. Todo se entrega masticado al lector, asumiendo una pereza intelectual que el texto alimenta.
O fíjense también en esto: «Arnau contempló cómo los bastaixos cargaban las inmensas piedras. Aquellos hombres, regulados por sus propios estatutos y exentos de ciertos arbitrios feudales por la gracia real, formaban el eje sobre el que se erigía el templo de Santa María…».
La frase es atonal; mera acumulación de datos de registrador de la propiedad, pero con eufonía muda. El lenguaje de Falcones parece deliberadamente neutro, gris, intercambiable; un lenguaje que no llama la atención sobre sí mismo, porque si el lector se detuviera a admirar la belleza de una frase o la complejidad de una metáfora, se rompería el hechizo de la distracción rápida. El gran escritor te hace dudar del lenguaje; el escritor de bestsellers te lo da ya muerto y embalsamado. Vulgaridad insípida.
Talento malversado para imitar la belleza. El escritor de falsas obras maestras es aquel que adorna su prosa con un sentimentalismo barato, una solemnidad fingida y una acumulación de detalles pintorescos que pretenden pasar por profundidad. Nos ofrece emociones prefabricadas.
Cito al azar un pasaje de «Al faro», de Woolf: «La luz del faro entraba una y otra vez, suave, deslizándose por la alfombra como si tocara las cosas con dedos ligeros para ver si estaban allí. Y en esa penumbra, los pensamientos flotaban desprendidos de los cuerpos, como redes que se mecieran en el fondo de un mar en calma, suspendidos entre el recuerdo del día y la inminencia de la noche».
El evidentísimo contraste evita que se necesite argumentar más. Esperemos que la próxima novela sobre la catedral de Toledo no la escriba un incompetente.
