«En la ciencia no hay «profundidades»; hay superficie en todas partes: todo lo experimentado forma una red compleja que no siempre puede ser abarcada con la mirada, pero que puede ser desbrozada en principio. Todo es accesible al hombre; y el hombre es la medida de todas las cosas. La concepción científica del mundo no conoce enigmas insolubles. La clarificación de los problemas filosóficos tradicionales nos conduce, en parte, a desenmascararlos como pseudoproblemas y, en parte, a transformarlos en problemas empíricos», leo, y parafraseo a mi manera, en el manifiesto del Círculo de Viena.
Es esencial esa corriente que exige la claridad y la argumentación explícita. Clarificar nuestros pensamientos para que no sean opacos ni difusos. La claridad no es una virtud menor en la filosofía o en el periodismo político; es la condición misma de su progreso. Cuando un argumento se sumerge en la oscuridad de la metáfora no analizada o en la complejidad sintáctica innecesaria, pierde su derecho a ser considerado un intento de alcanzar la verdad y se convierte en mera retórica. Ignacio Camacho enuncia sus tesis dejando claros los compromisos que está asumiendo y qué consecuencias se derivan de ellos. La vaguedad suele ser el refugio de los argumentos que no soportarían la luz de un análisis riguroso.
La palabra es plural. Milton o Ferlosio escribían con una prosa conscientemente barroca; utilizaban el hipérbaton y la inversión sintáctica heredada del latín para subordinar la velocidad de la lectura a la majestuosidad del ritmo. Milton y Ferlosio (y muchos otros) funcionan mediante la subordinación infinita y la simetría arquitectónica. Ferlosio no encadenaba oraciones cortas; construía periodos sintácticos gigantescos inspirados, acaso, en Cicerón, donde el verbo principal de la frase puede aparecer tras diez líneas de incisos, oraciones relativas y ablativos absolutos.
Lo dicho. Camacho pertenece a la feliz estirpe de los transparentes. El lenguaje es plural; la literatura es plural. Permítanme desde aquí mandar un cálido saludo al riguroso maestro Ignacio Camacho.
