Yo tengo asociado el verano a sustanciosas lecturas. Se mezclan, como afinidades electivas, «La muerte de Virgilio» con el sonido de las chicharras, ocultas en la costra de los troncos de los olivos, hendiendo el aire con su sierra eléctrica y su monotonía de metrónomo. Recuerdo «Teoría de modelos» (Alianza Universidad), de María Manzano, bajo un cielo de un azul tan blanco y purificado por el fuego que casi hacía daño a los ojos. Veranos de danzas de moscas y polvo, vahos trémulos que hacían oscilar a los eucaliptos mientras pasaba las páginas de un tomo gnóstico de Lezama Lima.
En aquella época de impostura, fingía disfrutar de aquellos libros más de lo que en realidad los disfrutaba. Era la edad para empaparte de lo críptico y plúmbeo, para enfrentarte a unas lecturas que claramente te superaban. El tiempo, sabio, apacigua el juicio y decanta nuestros intereses hacia aquello que realmente nos pertenece.
