Burton 170

Corrupción: decadencia de las leyes y pérdida de la virtù (la capacidad, fuerza y audacia del gobernante para dirigir la fortuna). Han convertido a los partidos en los nuevos condotieros.

Vemos hipocresía ocupando el lugar de la equidad; discriminación en lugar de tolerancia; superficialidad por sustancia; inmadurez e improvisación en vez de madurez e ideas claras. La anarquía desplazando a la justicia; las mentiras, a la verdad. En fin, una democracia morbosa y corrupta donde se recompensa a los amiguetes, se mercadea con la opinión pública, reina la ineficiencia burocrática y se propende a la demagogia y al populismo. Un sistema donde se proponen soluciones irreales a problemas complejos y se tiraniza a las minorías; donde rebosan demócratas ignorantes y de débil capacidad de razonamiento, liderados por carismas narcisistas y caudillistas. Una democracia que es, en esencia, una disputa entre amigos y enemigos —como diría Carl Schmitt—, donde el enemigo es simplemente el otro, el extraño. Una democracia mafiosa y decadente donde se obvia, por completo, el bien común.

Me retiro a mi dacha a degustar mis manjares.

Nabokov es como un magret de pato al roquefort; Shakespeare, como un crujiente de tapioca con tartar de cigala; Azorín, igual a una alcachofa confitada con jugo de ibérico; Cunqueiro tiene textura de arròs a banda; Horacio sabe a gazpacho de espárragos verdes de Jean-François Rouquette. ¿Y la prosa política? ¿Fresones con crema de almendra, almohadillado flan con nata? El público y la ciencia responden: bacterias dentro de comida de lata.

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