«Por nuestra parte, no llegamos a considerar a Madame Blavatsky ni como la portavoz de videntes ocultos ni como una mera aventurera vulgar. Creemos que ha alcanzado un título imperecedero en el recuerdo como una de las impostoras más consumadas, ingeniosas e interesantes de la historia mundial. Hemos analizado los testimonios de las supuestas precipitaciones de cartas de los Mahatmas, las apariciones astrales y la producción de objetos del vacío. La conclusión es inequívoca: las cartas atribuidas a los Maestros fueron escritas por la propia Madame Blavatsky o por cómplices directos como el señor Coulomb. Los supuestos santuarios eran armarios con paneles deslizantes conectados con el dormitorio de Blavatsky para simular aportes espirituales. Todo el sistema teosófico descansa sobre un fraude continuado, ejecutado con una osadía psicológica asombrosa». Así parafraseo y traduzco —a mi manera— el demoledor e incontestable veredicto de Richard Hodgson para la Society for Psychical Research.
La terapeuta de los Andic era una embaucadora mesmerista con gran influencia en la alta burguesía barcelonesa; una charlatana vendedora de crecepelo capaz de captar la atención de ricachones con muy escasas defensas culturales. El mejor consejo que existe es el que uno puede darse a sí mismo tras una extensa deliberación, pero eso requiere de un articulado lingüístico del que, alarmantemente, carecen esos empresarios.
«Nos hartamos de andar por sendas de iniquidad y perdición, atravesamos desiertos intransitables» (Sb 5:7). Y para no morir de sed, se precisa saber tocar el violín y no que una iluminada, habladora logorreica y chamanista, toque la pandereta.
