Burton 173

En la oposición, Sánchez decía que “no bastaba con pedir perdón” y exigía responsabilidades políticas al Partido Popular, además de las ineludibles disculpas públicas. Al trasladarlo todo hoy al código penal —si no hay condena, no hay culpa—, la ética pública salta por los aires y los estándares democráticos caen al mínimo legal: ya no se exige ejemplaridad; basta con no pisar el trullo. Me acuerdo de Montaigne: “Yo festejo y acaricio la verdad en cualquier mano que la encuentro, y me rindo a ella alegremente, y le someto mis armas vencidas en cuanto la veo acercarse” (Essais, III, VIII).

Ante este panorama, entran ganas de emborracharse con tudescas azumbres sabrosas, luquetes y uvas violetas de vinos envidiosos, hasta que la línea de fuga vacile y el punto de equilibrio empiece a trastabillar. O de terminar en la cama con una velina siliconada. O, mejor aún, de refugiarse en De vivos, vellos e mortos, ese compendio de debita proportio sive consonantia, integritas sive perfectio y claritas: “O doutor Johnson, que correxía o Dictionary na taberna do León, debeu ser home arroutado, pois o de facer en tres anos o que os académicos franceses fixeron en corenta foi unha promesa e un reto públicos; cousa nada rara nun home coma el, que acostumaba dicir, antes de soltar un comentario esmagador para o seu interlocutor: Asegúrolle, señor (Depend upon it, sir…)”.

Dan ganas, en fin, de pedir el exilio en la embajada francesa.

Deja un comentario