Burton 174

Me produce asfixia esa costumbre gala de archivar, clasificar, ordenar y explicar; necesitan público incluso cuando están solos. Es un país de bodegueros y tenderos. Aunque admiro la gran literatura y la filosofía francesa de los siglos XVII y XVIII, las recientes ternezas me parecen extravíos esperpénticos: Lacan, un paranoico-crítico; Althusser, un glaseado requemado; Derrida, un tostón que no hay quien lo entienda; Barthes, un pirotécnico ensimismado en su propio ombligo.

Disfruté mucho con Le Christianisme dévoilé, aunque infinitamente más con la Hydriotaphia de Thomas Browne: tengo una confianza tan ilimitada en la razón como en la prosa latinizada. El francés difícilmente puede ser de más de dos tipos, dondequiera que esté y haga lo que haga: presumido o proxeneta. Es una raza laminada de hypocrites conformistas. Tienen la cabeza llena de frases hechas y el corazón seco como una pasa; su cultura es un cadáver embalsamado que huele a alcanfor. Son seres insoportablemente aldeanos. Detesto esa cursilería de la haute couture y la nouvelle cuisine que ha infectado a la burguesía, la cual no es más que el síntoma definitivo de la inopia y la estolidez europea.

Pido el exilio a Inglaterra alegando la catetez francesa.

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