Desearía aclarar algo muy importante. El folclore de las distintas regiones de España es algo dignísimo y respetabilísimo, sean los espectaculares trajes tradicionales de La Alberca en Salamanca, el bellísimo flamenco, los toros (recomiendo leer al muy erudito Cossío), el Cant de l’Estoreta en Valencia, la calçotada de Valls o la Festa do pulpo de Carballiño.
Por crianza, siento afectos muy hondos ligados a La Patum de Berga y a la dansa de la mort de Verges. Una nación necesita tanto la cultura popular como la alta cultura. El fútbol puede entenderse como una manifestación de la cultura popular (recuerdo ir con mi padre al Camp Nou y observar su transformación de un carácter de recio hombre poco empático en delicuescencias tiernas y no poco cálidas). El fútbol es de las trivialidades más serias.
Pero en el artículo de Herrera afloraba un populismo antiintelectualista; una contraposición simbólica entre Zarra, Ramallets, Iniesta, Juanito, Unai y los grandes nombres de nuestras letras y ciencias que es vano nombrar. Una cosa no quita la otra y, si algo peligra en nuestros días, no es precisamente el fuera de juego y el achicar espacios, signifique eso lo que signifique.
