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Vincular la «españolidad» o el sentimiento de pertenencia y comunidad exclusivamente al «esférico» es una visión muy reducida de lo que une a una sociedad. Eso se llama patriotismo visceral o folclórico. Se puede amar a un país y sentirse profundamente parte de él cuidando su cultura, su lengua y su pensamiento, sin necesidad de desgañitarse con un gol. Mi patriotismo se fundamenta en los valores compartidos, las instituciones, el acceso al conocimiento y el respeto a la herencia intelectual de una comunidad.

No desprecio a Lamine Yamal o Pedri, ni mucho menos, pero no mueven mis pasiones. Me emociona, en cambio, el estudio detallado de Domingo de Soto (1494-1570), de quien los historiadores de la ciencia afirman que se adelantó a Galileo en la descripción del movimiento uniformemente acelerado en la caída de los cuerpos y que esbozó conceptos primitivos de lo que hoy conocemos como masa en física. Y Martín de Azpilcueta (1492-1586): pionero de la teoría cuantitativa del dinero dentro de la ciencia económica. O Abraham Zacut (1452-1515), aquel que, aunque era judío y no pudo ocupar una cátedra oficial en la Universidad, fue un astrónomo y matemático extraordinario. Sus Tabulae Tabularum y el Almanach Perpetuum fueron herramientas fundamentales para la navegación durante los grandes descubrimientos geográficos, y Cristóbal Colón se apoyó en ellas.

Lo que me une a España es la obra de Julio Rey Pastor, discípulo de don Zoél García de Galdeano en la Universidad de Zaragoza y de don Eduardo Torroja, de quien fue su ayudante en la Universidad de Madrid. Rey Pastor fue becado en dos ocasiones por la Junta para la Ampliación de Estudios: la primera en Berlín (1911-12) para estudiar con los profesores Schwarz, Schottky y Frobenius, y la segunda en Gotinga (1913-14) con Carathéodory (representación conforme), Courant (ecuaciones en derivadas parciales) y otros como Hölder, Rohn, Koebe o Landau. Esa es mi España real y no la de Oyarzabal.

La biblioteca, la literatura, el arte y el pensamiento son el tejido permanente de una nación. Me siento parte de España a través de la poesía de Miguel d’Ors y Antonio Carvajal; las ideas de Balmes y la prosa enjoyada de Valle-Inclán; los epigramas inteligentes de García Martín; el glorioso Museo de cera de mi maestro Álvarez; a través de las discusiones de Sánchez Albornoz con Américo Castro, o de la muy rara filosofía, pero bien escrita, de García Bacca. Apelo a la memoria viva y profunda de mi país mediante los cuadros de Fortuny y Madrazo, el Teatro crítico universal, las Cartas marruecas o esa filigrana de la marroquinería que es la Historia de los heterodoxos españoles.

Quiero dejar claro que el fútbol no excluye necesariamente a Javier Marías, ni a Sánchez Ron, ni a Marañón; solo constato que el fútbol ni lo entiendo y, encima, me deja indiferente y quedo ante él in albis. Para nada me hace ello menos español o un progre de ceja alta. Ojalá ganemos hoy a Bélgica.

NOTA BENE: Cuando Herrera dice que ahí juegan sus hijos, su memoria y su bandera, lo que está haciendo es secuestrar esos conceptos e incorporarlos dentro del estadio. Te está diciendo implícitamente: «Si no estás con el fútbol, estás escupiendo a tus hijos, a tu memoria y a tu bandera». Una inferencia pragmática.

Le importa el fútbol como paraguas emocional. El balón es su excusa para construir un «nosotros» (los de abajo, los del pueblo, los que vibran) frente a un «ellos» (los intelectuales, los estirados, los de la ceja alta).

Es una pirueta muy efectista: convierte un negocio de once millonarios en una trinchera ideológica. Te obliga a elegir bando. Y ahí es donde radica mi contrarréplica: yo no juego a su juego de bandos porque mi España no necesita un árbitro ni noventa minutos para existir; ya está sólidamente construida en mi biblioteca.

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