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En catalán encontramos el verbo «enraonar», a saber, «hablar», «conversar», «dialogar», que etimológicamente remite a la idea de «poner en razón», de introducir la razón en la conversación Ahí radica el quid del asunto: dialogar, incluso desde la convicción, implica dar cuenta y razón de tus ideas, escuchando atentamente las del adversario, sin humillarlo ni despreciarlo, sin lanzarle puñetazos verbales en lugar del civilizado y educado intercambio de ideas, donde, incluso, es posible que se modifique tu opinión debido a que, tras la reflexión, encuentres más impecable lógicamente o empíricamente, más convincente la opinión contraria.

En el parlamento se delibera como forofos, caldeando innecesaria y morbosamente el ambiente. Las cosmovisiones son plurales, y muchas se han ganado el respeto aunque no coincidamos con ellas. Aquella exhortación de León XIV en el Parlamento, a favor de un debate civilizado, me parece compacta y definitiva, una llamada a lo mejor que hay en nosotros, aunque se ve que fue inmediatamente desoída por los políticos que nos gobiernan o bien fiscalizan el gobierno.

A propósito de la urgente necesidad del diálogo racional, no olvidemos a Habermas: «La deliberación democrática exige lo que llamamos la «fuerza sin violencia del argumento mejor». Cuando el lenguaje político se desnaturaliza y se convierte en mera propaganda o descalificación ad hominem, se destruye el espacio público. El insulto y la humillación del oponente son la renuncia explícita a la razón; es el síntoma de que se prefiere la dominación estratégica a la comprensión mutua».

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