Burton 189

Ayer, en Luintra, a siete kilómetros de mi aldea, la romería hervía en el pradón de la feria, bajo el dosel de los robles. Era todo un tropel de colores vivos y de ruidos: sonaban las gaitas con el gangueo de una queja antigua; tableteaban los panderos, y las mozas, encendidas las mejillas, los pañuelos caídos sobre los hombros, trenzaban las muñeiras con sonrisas llenas. Había un olor denso a vino, alegría y cerveza, a pólvora de los fuegos que estallaban a lo lejos, rasgando el aire azul del verano. Ladraban los perros bajo el cielo de la Ribeira Sacra.

En una esquina vi un enjambre de chiquillos, tostados por el sol y con los ojos brillantes de malicia, jugando a la pelota. Eran una tropa de lobatos. Un perillán de siete años, con risotadas de «demo», me sacaba la lengua tiznada por el Calipso, mientras los demás se revolcaban por el suelo formando un torbellino de piernas desnudas. Su juego tenía una seriedad bárbara, casi religiosa; reían con dientes blanquísimos de cachorros y se dispersaban como gorriones asustados cada vez que la vara de un ramalero vacilón hacía ver que caía sobre sus costillas.

Esos chiquillos del pueblo jugaban al corro, pero a un corro fantasmático que parecía copiado de una estampa antigua. Sus voces infantiles, agudas y cascadas, entonaban una cantilena de reyes moros que se perdía en el eco de las peñas. Esa algazara solo podía tener un nombre: VIDA.

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