Burton 188

No olvido la carta de Madame de Sévigné:

«[…] Tengo que contaros una historieta que es muy cierta y que os divertirá. Desde hace poco, el rey se ha puesto a hacer versos; Saint-Aignan y Dangeau le enseñan cómo hay que hacerlo. El otro día compuso un pequeño madrigal que él mismo no encontraba demasiado logrado. Una mañana le dijo al mariscal De Gramont: «Leed, os lo ruego, este pequeño madrigal y decidme si alguna vez habéis visto algo tan impertinente. Como la gente sabe que me he aficionado a los versos, me los traen de todos los colores». El mariscal, tras haberlo leído, le dijo al rey: «Señor, Vuestra Majestad juzga divinamente bien en todas las cosas; es cierto que este es el madrigal más bobo y más ridículo que he leído en mi vida». El rey se echó a reír y le dijo: «¿No es verdad que quien lo ha escrito es un necio?». «Señor, no hay manera de darle otro nombre». «¡Qué bien! —dijo el rey—, me complace que hayáis opinado con tanta sinceridad: lo he hecho yo». «¡Ah, Señor, qué traición! Devuélvamelo Vuestra Majestad: lo he leído muy deprisa»».

El turiferario del mariscal De Gramont define a la perfección a Bolaños: el lacayo mayor de Sánchez. Un tipo cebolludo, muy zalamero y lagotero con su jefe. Mitad Polonio, mitad Tartufo. A mí me educaron para no subir por la cucaña a base de coba.

Benedicto XIV era considerado uno de los pontífices más cultos del siglo XVIII: canonista eminente, autor de importantes tratados de derecho canónico y protector de las ciencias y las letras. Docto entre doctos. Un censor sin acrimonia y un príncipe sin nepotismo, un geniecillo de corte al que Voltaire —ese corifeo de la irreligión— le escribió admirativo el dístico: «Lambertinus hic est, Romae decus et pater orbis / Qui mundum scriptis docuit, virtutibus ornat» («Aquí está Lambertini, gloria de Roma y padre del orbe, que instruyó al mundo con sus escritos y lo ennoblece con sus virtudes»).

NOTA BENE: Permítame, Sr. de Prada, perder por un instante la contención expresiva y convertirme, paradójicamente, en aquello que acabo de censurar: un obsequioso. Es usted alguien de no ornamental inteligencia y verificada erudición, a quien no reprobamos sus escapatorias a Dante, Horacio, Agustín, Escoto Eriúgena, Catulo o Ariosto (al igual que hizo Benedicto XIV), necesarias para una expresión más viva y mayor desenvoltura de pensamiento en sus escritos. Un saludo afectuoso.

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