En épocas de bancarrota intelectual, lo que se emite en vez del cricrí de los poetas es el papel moneda del tópico. Nada más hermoso y útil que la poesía fecundada por el genio; nada más inútil que la pose del poeta maldito profesada por un espíritu opaco, adocenado y estéril.
«Se puede, en poesía, emplear un tipo de adorno fácil o difícil. Pero a esto hay que añadir que ni el adorno fácil ni el difícil poseen valor alguno si son solo exteriores. Así pues, el adorno superficial de las palabras, a no ser que se ennoblezca con un contenido juicioso y de valor, es semejante a una pintura barata que causa gran placer al que la mira de lejos, pero desagrada al que la contempla en detalle. Así también, el adorno de las palabras sin el adorno del contenido causa placer al que lo escucha, pero desagrada al que lo examina atentamente. Sin embargo, el adorno superficial de las palabras unido al adorno del contenido es semejante a una pintura excelente que, cuanto más detalladamente se observa, tanto más valiosa parece» (Godofredo de Vinsauf, Documentum de modo et arte dictandi et versificandi, II, 3, 1).
Es bajo este severo rasero donde la aurora, contemplada por los ojos de Aníbal Núñez, aparece cebreada de cinabrio; y la luz arrastra consigo el verdín de las catedrales sumergidas. La textura misma de sus poemas recuerda a la grasilla cuajada del chaud-froid de volaille.
Al final, Aníbal dejó su herencia a los brujos.
