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Un libro raro y absolutamente exquisito y apetitoso: «An introduction to the knowledge of rare and valuable editions of the Greek and Latin classics. Together with an account of Polyglot Bibles, Polyglot psalters, Hebrew Bibles, Greek Bibles and Greek Testaments; the Greek fathers, and the Latin fathers» por Dibdin, Thomas Frognall, 1776-1847.

¡Apocalíptico! Nadie lo lee, pero leen las novelas de Gómez Jurado. Peña abducida por el telefonino o el chintófano. Jovenzanos de mentes turuletas y tullidas y desmadejadas. Mundo roñoso, «empastifat de merda».

El kitsch, y cambio el tono, es la expresión típica de los middle-brows, provistos de dinero, de una casa, de un apartamento, y de seguridad suficiente respecto al futuro, y, sin embargo, desprovistos de educación y del gusto necesario para proveerse de gusto estético e intelectual. Les gusta la ropa de Bimba y Lola y las novelas de Follet, pero carecen de instrumentos cognoscitivos para desentrañar a Spinoza, Carnap, Wittgenstein, Dante, Boole u Homero. Se procuran entonces con el dinero, el subrogado de lo estético y de la mente. Con esto decoran sus casas, sus vidas y sus sueños. Pero nunca hubo masas devanándose los sesos con Dante o Boole.

Es el punto culminante de la crisis de las humanidades, la barbarie como modo de ser y existir: el hecho de que casi nunca haya verdadero diálogo alto, racional, ni ciencia –o su influencia- ; que las opiniones maduradas poco sirvan, por fundamentadas que estén; que la falacia triunfe sobre la lógica, la sofistería sobre el argumento, la ignorancia sobre el saber, el gesto sobre la idea, el histrionismo frente a la moderación, el canon vulgar frente a sus cumbres selectas, la chabacanería frente a la elegancia. Se desacredita el saber, se insulta también -defenestrándola- la idea de dignidad, de “dignitas” humana. Los bárbaros o son desalmados o no saben ya que son bárbaros. Pero la historia se reduce, en buena medida, a gigantescos escombros levantados por bárbaros

Sr. Boyero, si sus afirmaciones fueran irónicas, más matizadas, menos plenipotenciarias, y se tomaran como la pose de un personaje del que se es totalmente consciente, entonces serían ideas estéticamente más potentes que las de una mera ingenuidad catastrofista. Ah, horrible y vana realidad, vamos como un cabro por la prada. La orgía de las pantallas retrae tiempo al delicioso y solitario ocio lector. Pero los lectores siempre fuimos minoría. Época pava y latosa.

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