De adolescente, al escribir, cada corrección era un gesto físico: una presión de la mano que añade, borra, desplaza o cambia. Mis fichas holandesas de cartulina blanca se llenaban de tachones, flechitas, ralladuras y borrones. Me gustaba la huella del pulso en ellas. Escribir también es un oficio, como el de ceramista o herrero. La mente del ajedrecista Luzhin se parece al aspecto de aquellas fichas.
En el vasto catálogo de las pasiones y de las actividades humanas que Zwinger analiza en el monumental Theatrum vitae humanae (publicado originalmente en 1565), el ajedrez (ludus latrunculorum o scacchorum) ocupa un lugar privilegiado. No lo ve como un simple pasatiempo, sino como un espejo de la guerra, de la estructura social y, sobre todo, como un laboratorio psicológico para medir la virtud y la templanza de un hombre frente a la adversidad.
A continuación, adapto del latín renacentista de Theodor Zwinger un pasaje jugoso sobre el juego, poniendo especial énfasis en el arte (nunca suficientemente ponderado) de encajar la derrota:
«El ajedrez es el teatro de la mente donde no cabe el auxilio de la fortuna; aquí los dados no excusan la necedad del que pierde. Por ello, la derrota en este juego muerde con mayor saña el corazón de los hombres soberbios. Hemos visto a varones prudentes en la plaza pública perder toda compostura ante el tablero, maldiciendo sus propias manos y acusando de ceguera a sus ojos. El hombre templado, en cambio, demuestra su virtud no cuando sus piezas asedian al rey adverso, sino cuando, viéndose acorralado y despojado de sus torres, entrega las armas con el semblante sereno. Quien no sabe perder en el ajedrez, difícilmente soportará con dignidad los reveses con que la Fortuna azota la vida pública».
Un saludo, Karina.
