Eliot 9

La traducción de El cortesano de Castiglione, realizada por Juan Boscán e instigada por Garcilaso de la Vega, modeló la prosa y el ideal de caballero en la España del Siglo de Oro. Ah, la sprezzatura: el nunca dar la impresión de esforzarse vanamente por agradar. Clímax de la cortesía y de la convención social.

Los expertos han leído con atención el Galateo overo de’ costumi (Galateo o Tratado de las costumbres), de Giovanni Della Casa (1558). Mi madre, que coleccionaba libros de protocolo, tenía una edición facsímil. En ella, Della Casa recomienda no sonarse con la mano ni con el gorro, sino con un pañuelo, pero añade que tampoco debe hacerse de manera ostentosa: «No es decoroso sonarse ruidosamente ni quedarse contemplando lo que uno ha expulsado de la nariz como si fueran perlas». Acaso la censura más curiosa sea la que advierte que no debemos oler las flores que luego vayamos a ofrecer a otra persona.

Por su parte, Polidoro Virgilio (citado en El Quijote y auténtico bestseller en su época) publicó la monumental De rerum inventoribus libri octo. Su propósito fue titánico: rastrear el origen filológico e histórico de todas las actividades humanas, las leyes, las artes y las ciencias, y, de manera muy especial, las costumbres religiosas y civiles, confrontando las fuentes griegas y romanas con las Sagradas Escrituras. De aquella obra extraigo esta cita, cuya traducción pertenece a Francisco de Támara:

«Los banquetes y convites tuvieron principio entre los antiguos para dar gracias a los dioses y para confirmar la paz y amistad entre los hombres. Al principio eran muy templados y frugales; los lacedemonios comían juntos en público con gran templanza, y los primeros romanos vivían de gachas y yerbas. Mas los persas y los asiáticos derramaron después la ponzoña del regalo y la glotonería por el mundo. Inventáronse los cocineros refinados, los sumilleres, y el trinchado de las viandas, y trocóse la necesidad de comer en arte de deleite. Escribe Plinio que la demasía de los banquetes llegó a tanto en Roma, que fue necesario poner leyes que tasasen el gasto de las cenas, porque los hombres ya no comían para sustentar la vida, sino que consumían provincias enteras en una sola mesa, buscando aves raras y pescados traídos de lejanos mares para complacer a la gula.» (Libro III, Capítulo II)

Al leer a Polidoro Virgilio se comprende perfectamente de dónde bebieron humanistas como Erasmo de Rotterdam (De civilitate morum puerilium) o el propio Baltasar Castiglione para reglamentar el comportamiento moderno. Polidoro les brindó la justificación histórica y la genealogía a unos gestos que el Renacimiento terminaría por convertir en leyes de vida.

Un saludo afectuoso, Sra. Posadas.

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