Jesús Cintora, que no es el más brillante del aula, ha abanderado durante años ese estilo excrementicio de hacer televisión que confunde el periodismo incisivo con el activismo. En este periodismo de trinchera, los turnos de palabra, el tono y la condescendencia se reparten de manera desigual según la proximidad del tertuliano a las tesis del Gobierno. No busca la verdad ni el contraste de pareceres, sino la reafirmación del dogma y la humillación del adversario mediante la interrupción o el ninguneo.
Cintora recuerda intensamente al personaje de Ludo Totila en Historia de Mayta (1984), ese periodista de izquierdas que acomoda la realidad a sus prejuicios ideológicos y que vive de agitar consignas, ciego a la humanidad de quienes le rodean. En la novela, Vargas Llosa disecciona este tipo de prensa sectaria con citas extensas sobre la degradación del oficio:
«En un país como el nuestro, el periodismo ha dejado de ser una forma de información para convertirse en una forma de guerra. No se informa para aclarar las cosas, sino para oscurecerlas y para destruir al adversario. El periodista de partido no busca la verdad, busca la eficacia de su mentira, la contundencia de su golpe. Para ellos, el ser humano que piensa distinto no es un interlocutor, es una anomalía de la naturaleza que debe ser extirpada o, al menos, ridiculizada ante el público».
Resulta demoledor contrastar la figura del pequeño Cintora con la de los grandes intelectuales liberales franceses, como Raymond Aron y Jean-François Revel, durante sus años en las páginas del semanario L’Express. Aron y Revel practicaban un periodismo de ideas, frío, analítico y ferozmente respetuoso con los hechos, las cifras y la inteligencia del espectador o lector. No necesitaban la humillación ni el sectarismo burdo porque su autoridad emanaba de la honestidad intelectual. Algo de lo que carece extraordinariamente el antiilustrado Cintora.
