Eliot 3

Que el poder político sin moral ni límites es simple bandidaje no es una novedad; es el núcleo de la patrística. Ambrosio de Milán ya avisó en su De Officiis de que el gobernante que busca su propio beneficio en vez de la justicia es un expoliador. Nos dejó escrito aquello de «Quid est enim detrahere alteri sui commodi causa, nisi inhumanum…»: ¿qué es quitar a otro para el beneficio propio sino algo inhumano y contrario a la naturaleza? Si un miembro despoja a los demás para fortalecerse, el cuerpo muere. Si nos arrebatamos lo ajeno, la sociedad se destruye.

En la misma línea se despachaba Jerónimo en su comentario sobre Sofonías, retratando a unos jueces que son «lobos de la tarde» y que «convierten las leyes en botín», transformando lo que debía proteger al ciudadano en su destrucción. Al final, como advirtió Isidoro de Sevilla, el rey solo es rey si actúa con rectitud; si no, es un tirano. Un usurpador.

Dedicado a nuestro gobierno rapaz. Pasemos a la literatura francesa.

«¿Por qué habría de contenerme? —escribía Maurice Leblanc en Arsène Lupin—. El robo, cuando se ejecuta con elegancia, es la más alta de las bellas artes». Hay un placer casi sensual en deslizarse en la vida de un hombre, tomar lo que considera más seguro. No se roba por necesidad, sino por el deleite de demostrar que las cerraduras de los ricos son tan frágiles como su moral.

Y si de religión, estética y santidad invertida se trata (cómo son, ay, estos franceses), el clásico irredimible es Genet. En la página 29 de su Journal du voleur, lo dejó claro: «Rehusando los motivos del mundo, el robo me pareció una acción noble… un placer casi místico en apoderarse de lo ajeno, un gozo que me separaba de vuestra moral de esclavos».

Lo malo es que nuestros socialistas usan menos la mística y son más de prosa cutre. Ya se sabe lo que da de sí le raffinement français.

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